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Cofradías

Los Bejarano cumplen un siglo en el martillo de la Patrona

Eduardo Bejarano Vélez (1888-1940) fue el primer eslabón de una saga que se mantiene hasta nuestros días.

el 10 ago 2014 / 11:21 h.

La cuadrilla, terminada la procesión, posa junto al cardenal Carlos Amigo. La cuadrilla, terminada la procesión, posa junto al cardenal Carlos Amigo.

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padre e hijo coinciden en una cosa. Que de los cinco mantos que alterna la Patrona en su salida, el que mejor le sienta es el rojo, el de los duques de Montpensier. «Y no es porque seamos sevillistas», subraya el vástago. Éste es un agosto especial para la familia Bejarano. Se cumplen cien años (1914-2014) desde que esta dinastía de capataces –representada en la actualidad por Eduardo Bejarano Uceda y Eduardo Bejarano del Corral, padre e hijo– tomara el martillo del paso de la Patrona. Un siglo posando sus manos sobre el león que guarda la Puerta del Alcázar. Cien años igualando a la cuadrilla a las claras del alba en el Patio de los Naranjos. Una centuria durante la que por la sede isidoriana han desfilado seis arzobispos y en la que el paso de la Patrona ha pasado de calzar 16 a 25 costaleros.

Cuatro generaciones de Bejarano han dado lustre en este siglo al paseo matinal de la Virgen de los Reyes por las gradas bajas de la Catedral. Y no crean que el envite es sencillo. Primero porque, al contrario que en las cofradías sevillanas con vistas a la Semana Santa, «aquí no hay ensayos previos»; y segundo porque, aunque pueda parecer lo contrario por sus menudas proporciones, el palio de tumbilla es de los pasos que más pesan. «Se asienta de lo lindo y la gente suele salir con los cuellos castigados», asegura Eduardo Bejarano del Corral, que a sus 30 años ya acumula a sus espaldas unos cuantos madrugones en la mañana de la Asunción. Él es por ahora el último eslabón de una saga que inició su bisabuelo Eduardo Bejarano Vélez (1888-1940) en 1914, y que continuó su abuelo, el mítico Manuel Bejarano (1920-1988) a partir de 1940.

PADRE E HIJO. Eduardo Bejerano Uceda posa junto a su hijo Eduardo Bejarano del Corral en la mañana en que el último eslabón de la generación debutó ante el paso de la Patrona de Sevilla y su Archidiócesis. PADRE E HIJO. Eduardo Bejerano Uceda posa junto a su hijo Eduardo Bejarano del Corral en la mañana en que el último eslabón de la generación debutó ante el paso de la Patrona de Sevilla y su Archidiócesis.

Aunque lo tuvo a su lado y le fue guiando desde que apenas era un chaval, no fue hasta el año 1981 cuando el simpar Manolo Bejarano, a quien Sevilla le debe ser el inventor del paso racheao del Gran Poder, le cedió oficialmente el martillo a su hijo Eduardo, que por entonces contaba con 33 años, si bien Manolo siguió acudiendo cada 15 de agosto a la procesión hasta que las fuerzas le fallaron. De su padre, Eduardo aprendió la «gran responsabilidad» que supone mandar el paso de la Patrona. «Es una devoción que pone de acuerdo a todo el mundo.No hay rivalidad con ninguna otra advocación». «Lo que más me impresiona de la mañana del 15 de agosto es el silencio, el respeto, el recogimiento y el ver a algunas personas mayores todos los años siempre en el mismo sitio esperando su llegada», señala.

Durante la hora y tres cuartos que viene a durar la procesión, padre e hijo destacan el que para ellos es el momento mágico. Todo está estudiado para que la Virgen salga a las ocho en punto de la mañana por la Puerta de los Palos. Tres chicotás conducen el palio de tumbilla hasta la calle. «Cuando se para el paso en el cancel y empiezan a sonar las campanas y ves las caras de la gente que llevan ahí esperando desde las cinco o las seis de la mañana... ese momento siempre es especial».

En la actualidad bajo los faldones de la tumbilla de la Virgen de los Reyes asoman 25 pares de zapatillas blancas, pero no siempre fue así. Originariamente el paso calzaba 16 hombres. Luego fueron 20 al añadírsele a la parihuela una trabajadera más, y ahora, aunque más apretados, ya son cinco hombres por palo, todos ellos recortaditos en altura. «Son gente de 1.60 y algo, como de última de palio».

Aunque no hay relevos en el recorrido, los Bejarano siempre citan en la mañana de la Asunción a 30 costaleros, cinco hombres de pico para cubrir alguna baja de última hora y a los que, como premio de consolación, se les deja luego, acabada la misa, realizar el traslado de la tumbilla desde el Altar del Jubileo hasta la Capilla Real. Todos ellos son costaleros con mucha experiencia debajo de los pasos y más que un grupo de costaleros conforman «una cuadrilla de amigos».

EL PRIMERO. En el centro, sentado, con corbata, una de las pocas imágenes de Eduardo Bejarano Vélez, iniciador de la saga. EL PRIMERO. En el centro, sentado, con corbata, una de las pocas imágenes de Eduardo Bejarano Vélez, iniciador de la saga.

Un militar, un médico, un mecánico, un transportista, un empresario, un pescadero, un empleado de banca... El perfil profesional de la cuadrilla de costaleros que porta a la Patrona es de lo más heterogéneo. En los ochenta, recuerda Bejarano padre, llegó a haber hasta un sacerdote (José Antonio Balboa) bajo las trabajaderas. «Hemos tenido casos de un padre y un hijo coincidiendo de costaleros bajo el paso y ahora tenemos un soldado destinado en Tenerife que ha estado en alguna ocasión en Afganistán». Poca gente conoce que, finalizada la procesión y el traslado a la Capilla Real, capataces y costaleros celebran una convivencia, ya tradicional, en la casa de hermandad de Santa Cruz.

Ya lo avisaba Manolo Bejarano en una entrevista en 1981: «Como todos los pasos que son cuadrados es trabajoso llevarlo totalmente derecho». Su hijo Eduardo incide en esta apreciación: «Cuanto más chico es un paso, más difícil es de llevar. Cualquier cuerpo que se mueva, te lo descuadra». Al mayor de los Bejarano se le pide que describa el andar tan característico del paso de la imagen fernandina: «Es un andar no muy común. Es un paso sobre los pies, aunque un poquito más corto. Y además, sin echarle cuenta a la música». En la delantera del paso falta desde hace unos años Iván, otro eslabón de la última generación de la dinastía, fallecido en 2002 a los 25 años. Su padre y su hermano seguro que lo recordarán al acariciar este año el león que guarda la Puerta del Alcázar.

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