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Los cien días de Bibi

Es difícil encontrar más hipocresía, descarado oportunismo y futilidad, que en la avalancha que está soportando la ministra de Igualdad. Ironías y descalificaciones de los mismos que habitualmente despellejan de la incorporación de más mujeres a los consejos de administración de las empresas.

el 15 sep 2009 / 07:17 h.

Es difícil encontrar más hipocresía, descarado oportunismo y futilidad, que en la avalancha que está soportando la ministra de Igualdad. Ironías y descalificaciones de los mismos que habitualmente despellejan de la incorporación de más mujeres a los consejos de administración de las empresas.

Muchos de esos que miran con desconfianza a los musulmanes porque no acaban de integrarse a nuestras costumbres, a la vez que jalean las pesadillas ideológicas de la guerra total contra el terror. A cierta distancia estética, eso sí, de los pomposos que viven holgadamente de los retruécanos del lenguaje y ahora se escandalizan con una simple palabra. Por lo visto es más cool, meritorio, brillante, recrearse en el chascarrillo y despreciar los inquietantes fenómenos que estos días nos acompañan.

Esos que se recrean con este ruido tan banal, son los mismos que aplican un significativo silencio a otros graves asuntos. Como el del municipio almeriense de El Ejido, donde su alcalde propone unas prohibiciones que harían sonrojar al mismo Le Pen. Sepa que si le pillan dando un masaje a su cónyuge en la playa, juega a los naipes con unos míseros céntimos en la tasca de toda la vida, su toalla de la piscina asoma por encima de la baranda de su balcón o su hijo se orina en el mar, pueden caerle multas de hasta 300 euros. Actividades peligrosas para las que el alcalde ha anunciado un nuevo cuerpo de seguridad.

Como con Italia, un país que se precipita a un estercolero moral con las leyes de impunidad, étnicas o inmigratorias de Berlusconi. O en Rumanía, otro socio comunitario, que quiere obligar a los informativos a dar el mismo número de noticias felices que negativas. Un ministro francés dice que los europeos tienen la imagen de una Europa que ataca a los trabajadores porque está subordinada a los mercados.

Una gran empresa española afirma, sin rubor, que cumple con la diversidad de género gracias a un consejo de administración compuesto por un grupo de hombres y una sola mujer. Una mayoría de europeos presiente un vendaval de recortes de derechos, justificados por razones tan diversas como la seguridad, la productividad, la unanimidad del voto de los gobiernos o el equilibrio fiscal.

Asuntos que invitan a despreciar esa frivolidad ambiental y a demandar a la propia ministra una visión más ambiciosa del principio de igualdad. A que formule preguntas inoportunas y respuestas imaginativas. A pensar críticamente en la igualdad de oportunidades, en las barreras silenciadas, en la discriminación de las obligaciones, en derechos como la educación, la salud, el empleo o la vivienda.

En evidenciar que democracia, libertad y justicia, son imposibles sin igualdad. En confrontar el modelo de sociedad con la convicción de lo justo y lo imperioso. Un empeño que requiere ahora sustituir radicalmente la anécdota por un nuevo plazo. Esos cien días que se le han negado a la ministra de forma tan gratuita como injusta. Algo tan simple como dar oportunidad a lo importante y necesario.

Abogado

opinion@correoandalucia.es

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