Cultura

Los genios también aburren

Israel Galván y Arcángel cerraron los jueves flamencos de Cajasol con un homenaje al recién fallecido Enrique Morente.

el 23 dic 2010 / 22:45 h.

Israel Galván bailó ayer acompañado por la voz del cantaor onubense Arcángel.

El ciclo Jueves Flamencos, de Cajasol, se clausuró anoche con La Edad de Oro, del bailaor y coreógrafo sevillano Israel Galván. Lleno absoluto para vibrar con el número uno del baile flamenco, aunque hay quienes aseguran que lo que hace el de la Puerta Osario no es flamenco, sino algo que se le parece. No comparto esa opinión porque, al menos anoche, el repertorio de Galván, Arcángel y Alfredo Lagos rezumó flamenquería.

Israel tiene tanto dominio del baile flamenco, del compás, de la plasticidad y el sentido musical, que por lo general es un placer sentarse en una butaca a disfrutar con su singular manera de interpretar el clásico baile andaluz. Delgado como un lápiz y con unas facultades asombrosas, cada baile suyo es una exhibición de movimientos muy personales que adorna con poses quizás un tanto repetitivas, pero debidamente estudiadas para maravillar a quienes ya no le exigen nada más que lo que ha acabado siendo su estilo.

Decía Valderrama que hay que tener un sello aunque sea de Correos, y es lo que tiene el hijo del también bailaor Pepe Galván. El problema es que cuando le ves bailar con frecuencia, como es nuestro caso, su ensalada de poses y movimientos tan estudiados puede llegar a aburrir. Da la impresión de que lleva preparadas hasta las improvisaciones, y eso le resta emoción a su baile.

No podemos hablar de espectáculo de baile porque el cante de un inspirado Arcángel tuvo su protagonismo, unas veces cantándole al bailaor y otras emancipándose del baile para bordar las malagueñas de El Mellizo y las seguiriyas de Triana. También se lució Alfredo Lagos, uno de nuestros mejores guitarristas.

Israel tuvo momentos geniales en la bulería por soleá, en el martinete, en la farruca, en los tangos y en las bulerías. Pero también ojaneó en el Pregón del Uvero y en los fandangos del Gloria, piezas en las que apenas hubo lazos de conexión entre cante y baile, sino una anarquía total.

Pero como suele ocurrir en todos los recitales del gran bailaor sevillano, sus pinceladas geniales salvaron una noche que no quedará en los anales del baile flamenco, aunque, como es lógico, cada uno contará la feria como le ha ido.

Confieso que hubo tres o cuatro momentos para quitarse el sombrero, de esos que te dan ganas de gritarle que es un genio. Pero hasta los genios aburren en ocasiones cuando son genialidades un tanto vistas y requetepensadas. El baile de Israel tiene una base de talento indiscutible, de creatividad meritoria. Pero si al flamenco le quitas la emoción de lo inesperado, del arranque espontáneo, se acerca demasiado a la danza.


  • 1