Feria de Abril

Los inventos que no cesan

Parece una ciudad de verdad pero fue inventándose poco a poco, empezando por inventarse ella misma mental y jurídicamente.

el 06 may 2011 / 21:33 h.

Atasco de carruajes y caballistas, que agregaban a la tarde el toque cañí.

Esta gente que bulle en un caos variopinto por las calles del Real sin otra preocupación que sortear caballos, carruajes y los compactos grupos de fumadores y fumadoras de las puertas de las casetas, lo hace como si anduviera por una ciudad de verdad, con las reglas inventadas por Vitrubio hace más de 2000 años. Pero no: la Feria fue inventándose poco a poco, empezando por inventarse ella misma mental y jurídicamente; hubo que encajarla con calzador entre la Semana Santa y la de Mairena y haciendo encajes de bolillos políticos en Madrid y luego empezar a componer todos sus elementos, comenzando por la caseta.

La caseta de la Feria de Sevilla tiene mala fama por ahí por aquello de que la mayoría de ellas sean particulares. Sin embargo, si no lo fueran, la feria no tendría ninguna gracia, no sería la Feria de Sevilla. A mi nieto, que tiene 8 años, se le ocurrió ayer calificar a las de un módulo de "acogedoras" (y después dicen que los niños hoy no tienen léxico) y resulta que es el adjetivo que mejor les cuadra: todos los sevillanos queremos tener una de esas casetas acogedoras para poder recibir amigos y todos los de fuera quieren tener un amigo para poder ser acogidos en una caseta: ése es el juego dialéctico de la fiesta abrileña, la verdadera llave de la Feria, lo que supera el título y la visión íntima y magnífica del libro de Antonio Díaz-Cañabate.

Pero eso es así porque, como la casa de verdad, la caseta -cuyo invento atribuía Manuel Machado a un tío abuelo suyo, Don Rafael Durán- ha ido evolucionando al mismo tiempo que los modos de vida sevillanos. Lo que sucede en la trastienda de ésta en la que estoy, donde ahora mismo el personal se concentra y se ha enjaretado una fiestecita en el espacio imposible del codo de la barra, es algo que hace 100 años -y bastante menos- hubiera sido imposible. Imposible porque entonces a la trastienda de una caseta no pasaba nadie: era un sancta sanctorum prohibido a los visitantes por la sencilla razón de que ningún extraño podía ver lo que allí se guardaba para comer y obsequiar, ni calibrar, según lo visto, la holgura o estrecheces con las que vivían los propietarios.

El tío abuelo de los Machado inventó la caseta porque, según su nieto, "ya que no podía llevarse la feria a casa, se llevó su casa a la feria" pero, estuviera donde estuviera, en las casas de verdad o de mentira, el visitante sólo veía el recibidor, pulcramente dispuesto para la visita.

El domicilio efímero levantado por familias de clase alta o media que querían asomarse a la otra, se convertiría después en el ámbito de la sociabilidad de un grupo de amigos, de una asociación, de una peña deportiva, un negocio solapado o en una casa-hermandad laica; en todas se tira la casa por la ventana y se presume de tener el mejor jamón, los mejores flamenquines o el invento de una nouvel cuisine nunca vista, pero el modelo sigue siendo el que surgió del invento de Don Rafael Durán: un recibidor al que, precisamente en los primeros tiempos de la democracia, se dio en llamar "parte noble" y la trastienda que, como el cuartito flamenco, destila la fiesta más auténtica y donde acaban comiendo los socios porque la otra está llena de una gente a la que nadie conoce aunque, a la entrada han enseñado su correspondiente invitación. ¡Cosas de la dialéctica ferial!

Tras la caseta vendrían otras cosas: la portada, el paseo de caballos... La portada se la inventó también José María Ybarra, sin querer y muchos años más tarde que la Feria: cuando ya languidecía el acontecimiento agrícola y ganadero -había quedado atrás también la I República- quiso darle al recinto comercial un tono llamativo; levantó un arco con gavillas de espigas y piezas de maquinaria... y se perdió porque también su arco publicitario fue fagocitado por el furor festivo y convertido en los sucesivos arcos triunfales que, a su vez, fueron fagocitando a todos los edificios emblemáticos de la ciudad y ahora, pasados a una nueva fase inventiva, van camino de convertirse en fallas de acontecimientos pasados o por pasar.

Como el estilo épico suele por estas tierras derivar en lírica desde el Cantar del Mío Cid, por lo menos, y mucho antes de que Ernst Friedrich Schumacher escribiera aquello de "Lo pequeño es hermoso" el invento grande creó la corriente del chico y cada cual se puso a idear el suyo: desde artilugios refrescantes a sistemas de seguridad para que nadie se lleve el papel higiénico de los servicios. Yo creo que, además de los premios de casetas, de caballistas y de carruajes, alguien - la Consejería de Innovación, por ejemplo, tendría que atreverse a instituir unos premios a la creatividad. ¡Qué horizontes industriales se abrirían si se encontrara una fórmula para aplicar en el paralelepípedo de casetas la energía solar!

Y es que hace un calor insoportable: mañana las que hoy hayan llevado trajes de flamenca de escote generoso tendrán que pensar cual se ponen para disimular la marca del de hoy. Porque, hablando de inventos, son los femeninos los que se llevan la palma. Para quien viene de fuera el asombro lo produce el traje de gitana y otro invento ha sido el de los hoteleros que lo ofrecen como complemento de la habitación. Ése ha sido el invento de este año aunque, en el fondo, no sea más que lo que se ha hecho siempre a nivel familiar con las forasteras que venían a la Feria: ofrecerle un traje, una falda, un mantoncillo o una flor de tela.

Ahora, acodado en la baranda de la marquesina, veo a decenas de miles de flores yendo y viniendo sobre las cabezas de otras tantas señoras, señoritas y niñas: las hay de todos los colores, grandes y pequeñas, en ramilletes o en solitario. La flor de tela, principalmente la rosa, se multiplica hasta el infinito y se diversifica hasta más allá, por remedar a Buzz Lightyear el de Toy Story, sin que, hasta ahora, eso se haya convertido en un símbolo que podría mandar a por tabaco al Sant Jordi de Barcelona. Sólo Martínez Baldrich, allá por los años 20 se dio cuenta de ello y plantó en el cartel ganador del concurso de aquel año una flor que lo llenaba. Tenía una enorme diversidad de tonos -veintitantos, creo- que fueron un quebradero de cabeza para los oficiales de imprenta encargados de reproducirlo. Como si fuera un milagro de telepatía, atrás, en la fiesta que han enjaretado en la trastienda, acaban de cantar una sevillana vieja. Su estribillo, referido a las mujeres, ha proclamado con solemnidad: "ay qué detalle/ que en Sevilla las flores/ van por la calle.

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