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Los libros y las ventas

Últimamente se han aupado a los primeros puestos de las listas de novelas más vendidas La emperatriz de los etéreos, de Laura Gallego, narración fantástica heredera de los mundos anglosajones...

el 14 sep 2009 / 22:35 h.

Últimamente se han aupado a los primeros puestos de las listas de novelas más vendidas La emperatriz de los etéreos, de Laura Gallego, narración fantástica heredera de los mundos anglosajones de Rowling o Tolkien, y Eclipse, de Stephanie Meyer, una novela de vampiros adolescentes. Al margen de las virtudes literarias de estos libros, las preferencias del lector demuestran por las claras que busca en las novelas el placer. Y el placer en las novelas lo proporciona, en gran medida, la identificación con unos personajes que se nos parezcan, que tengan sangre, que pequen, gocen, se arrepientan, se recobren, persigan la felicidad, y, sobre todo, cuyas peripecias nos seduzcan.

Pues sorprende cómo, a estas alturas, hay quien se flagela por el tipo de literatura que "engancha" al público. Por ejemplo, en Galicia, en fechas recientes se ha reavivado una vieja polémica entre autores que venden y autores que no venden. Obvio, quienes no venden cargan las tintas sobre un mercado voraz que "maleduca" a un lector iletrado. Supongo que apelan a otros tiempos. Desde luego, apelan a otros autores; pero lo cierto es que ni Cela gustaba demasiado a quienes (y eran muchos) lo compraban como marca ibérica, ni Borges es leído por todos los que adquieren sus libros.

No nos engañemos: nunca ha habido más cera que la que ardía. ¡Y no era poca! Si Dostoievski, Emili Brontë, Balzac o Tolstoi, por citar autores tenidos por egregios, llegaban a un número importante de lectores, era porque sus historias procuraban goce y sus personajes conmovían; no porque fueran sesudos escritores. Me atrevo a decir más. Siguiendo a Somerset Maugham, y sin pretender comparar novelas de consumo puro y duro con Cumbres borrascosas, da la sensación de que los novelistas "inmortales" no destacaban por su inteligencia o su cultura; no estuvieron en su juventud en contacto con personas interesadas en las artes y las letras; no fueron desmesuradamente estudiosos; nada indica que tuvieran una capacidad fuera de lo común, y, en muchas ocasiones, ni siquiera escribían bien, es decir, no parece que pretendiesen impresionar con su sutileza ni sobresaltar con su originalidad, como se obstinan en hacer los autores que no venden y se lamentan de la escasa cultura literaria. Y, es más, el mismo Quijote, cuando era leído, y escuchado (los lectores se reducían al 1% de la población) seducía porque divertía, no porque se tuviera por una obra cumbre de la literatura.

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