Cultura

Los maestros del cante y sus quejas por sentirse olvidados

 Los flamencos están ya tan acostumbrados a las subvenciones públicas, a que se lo den todo hecho, que se han relajado demasiado.

el 10 nov 2011 / 20:24 h.

Los flamencos están ya tan acostumbrados a las subvenciones públicas, a que se lo den todo hecho, que se han relajado demasiado. No hace muchos días se me lamentaba un conocido cantaor de que apenas sonaba ya su teléfono, de que los agentes artísticos se habían olvidado de él. Este cantaor ha vivido toda su vida del cante sin ser una primera figura, pero no está contento. Y eso que tiene el respeto y la admiración de los grandes aficionados, además de una obra discográfica que lo inmortalizará. Se lamentaba también de que había sido desplazado por las nuevas voces, las que ahora mandan. Eso ha ocurrido siempre. “Es que no cantan ni la mitad de bien de como cantábamos nosotros cuando empezábamos”, decía. No sé por qué los cantaores que comenzaron a cantar en los 60 y 70 piensan que cantaban entonces mejor de como lo hacen ahora Miguel Poveda, Arcángel, Esperanza Fernández, Mayte Martín, Marina Heredia, Jesús Méndez, David Palomar o el chiclanero Antonio Reyes. Solo hay que escuchar los primeros discos de aquéllos y los de éstos para darse cuenta de que no es así.

“Están todos amorentados y acamaronados”, decía también el cantaor al que me refiero, cuya opinión comparten todos los de su generación. ¿Es que los de aquellos años a los que nos referimos no estaban todos –la mayoría de ellos, al menos– amairenados y acaracolados? Lo estaban. El relevo ha llegado y algunos no se han enterado. Pero, además, se quejan de falta de reconocimientos cuando han protagonizado la etapa del arte flamenco en la que más reconocimientos ha habido para los artistas del género. Como no les interesa la historia y algunos todavía piensan que Silverio Franconetti era un romano que aprendió a cantar cuando escuchó al Fillo interpretar la Toná del Pajarito en una taberna de Milán, desconocen que los que no gozaron de ningún reconocimiento fueron los grandes maestros del siglo XIX y primera mitad de la siguiente centuria; que los cantes que ellos venden hoy a precio de oro los crearon artistas que, en muchos casos, se murieron de hambre y acabaron en fosas comunes. Por poner un ejemplo, cantaores trianeros como El Colorao, Antonio y Manuel Cagancho y el famoso Juan Pelao, se murieron sin ver nunca escrita su condición de cantaor en algún documento. Constaban siempre como “jornaleros”. Y las cantaoras, como “sus labores”. Silverio Franconetti, al que ni siquiera le han puesto una placa en la casa donde nació o en la que vivió en la Alameda de Hércules, que existe todavía, se reveló contra tamaña injusticia y exigió que en sus documentos personales pusieran la palabra “artista”. Aquellos genios sí que tendrían motivos para quejarse, si levantaran la cabeza. ¿Alguien les ha reconocido su labor a Miguel y Manuel de la Barrera, Manuel Ojeda El Burrero, Luis Botella, Amparo Álvarez La Campanera, el Maestro Otero o Silverio ti? La Campanera murió tuberculosa y olvidada en un pueblo de Huelva. Los que se han puesto ricos con el flamenco y, sobre todo, quienes que gozan hoy de tanto reconocimiento, deberían hacer algo por la memoria de aquellos héroes, en vez de quejarse porque el teléfono les suena menos que hace veinte años.

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