Local

Los muros del Bazar España

Se cumplen 15 años de la tragedia de la Nochevieja de 1998, cuando murieron cinco personas que esperaban el autobús al desplomarse una vieja pared de la Ronda Histórica.

el 30 dic 2013 / 20:42 h.

TAGS:

15369875"Yo este mes es que no vivo”, admite Ana Albarrán cuando se cumplen quince años de la caída del muro del Bazar España, que el día de Nochevieja de 1998 se derrumbó sobre una parada de autobús matando a cinco personas, entre ellas su hija de 17 años Ana María Barroso. El siniestro, que sólo ha sido superado en todos estos años por el incendio del asilo de Nervión en el que murieron siete ancianos en 2010, no será recordado con ningún acto oficial. “Yo a mi hija la recuerdo todos los días, y cada vez la echo más en falta. Este año iremos como siempre vamos, pero no haremos nada porque lo que yo quiero es que ese día pase lo antes posible”, lamenta Albarrán, que seguirá la misma rutina de cada Nochevieja desde que sufrió la tragedia: “Mi marido y yo cenaremos pronto y nos acostaremos para que pase rápidamente esa noche”. El 31 de diciembre de 1998, entre fortísimas rachas de viento invernal, el muro que rodeaba el perímetro de un solar vacío donde en tiempos estuvo el Bazar España, en la Ronda Histórica, se desplomó sin previo aviso. La pared de ladrillos de 20 metros de largo por seis de alto mató al instante a tres mujeres y un hombre que esperaban el autobús. Ana María Barroso, que pasaba por la parada de camino a casa de su amiga Patricia, a la que iba a peinar para la fiesta de Nochevieja, moría horas después en el hospital Virgen del Rocío. Durante los trabajos de rescate de los cuerpos, un bombero encontró el cadáver de su propia esposa. El desastre provocó la dimisión del entonces teniente de alcalde y delegado de Urbanismo del Ayuntamiento, Mariano Pérez de Ayala (PA), cuando la Alcaldía ya había pasado de manos del PP, con Soledad Becerril, a las del PSOE, con Alfredo Sánchez Monteseirín. Tras cuatro años de compleja instrucción judicial, las familias aceptaron una indemnización de 270.500 euros cada una y retiraron la acusación. En el solar del Bazar España se levantan hoy una gran promoción de viviendas y un geriátrico. Nada en el lugar recuerda a las cinco víctimas mortales. “Lo paso muy mal cada Nochevieja porque lo revivo todo”, explica tres lustros después la madre de la que, a sus 17 años, fue la víctima más joven: “A esta hora salió de casa dándome un beso y diciéndome ‘Adiós, mamá’, a esta hora estaba pasando por la parada, a esta hora me dijeron en el hospital que había muerto...”. Con el tiempo, las familias de Ana María Barroso, Irene Moreno (22 años), Encarnación Ramírez (39), Tomás Carroza (52) y María Pruaño (53) verían que la dureza del suceso no iba a ser el único muro al que tendrían que enfrentarse. El caso sufrió numerosos vaivenes durante la fase de investigación. Las familias veían indicios de delito y responsabilidad municipal, pero necesitaron cuatro años de pugna judicial para acusar al arquitecto, los dos aparejadores y los cuatro funcionarios municipales a los que consideraban responsables del peligro que suponía la existencia de un muro perimetral tan amplio, que contravenía la normativa vigente. Los informes encargados por el juzgado y las familias eran contradictorios: uno atribuía el colapso de la pared al “viento huracanado”, el otro aseguraba que fue la imprudencia de la Gerencia de Urbanismo, al demoler el interior del solar y por la falta de mantenimiento del muro, la causa del desastre. El juicio se saldó con la absolución de los siete acusados tras el acuerdo económico alcanzado con los familiares de las víctimas, pero ni siquiera fue el final del litigio: el arquitecto procesado llegó a denunciar al perito cuyo informe atribuía la caída del muro a la imprudencia de Urbanismo, aunque el caso fue archivado pasados unos meses. Incluso las indemnizaciones acarrearían problemas a las familias: el Consistorio les dio una “ayuda solidaria” de 75.000 euros que se consignó como subvención, por lo que Hacienda reclamó a los beneficiarios la mitad, provocando duras críticas de los afectados, que consideraron una “crueldad” calificar con ese concepto el dinero entregado por la muerte de sus parientes. “¿Quién aceptaría una subvención por la muerte de su hijo o de su padre?”, clamaban las familias. Mediante una asociación creada para pelear en los tribunales, de la que Albarrán fue portavoz, los parientes de los fallecidos llevaron ante la jurisdicción Contencioso-administrativa su recurso, que finalmente, tras once años en los tribunales, no prosperó. La asociación se disolvió y las cinco familias perdieron el contacto. Quince años después, Barroso hace un triste balance. Su propia familia sufrió otro trago amargo cuando su marido fue condenado a una pena de prisión por matar de un disparo en 2004 a un hombre que amenazaba a su otra hija por deudas relacionadas con las drogas. El hombre fue indultado, pero la tragedia no había parado ahí: un hermano suyo había sido asesinado a tiros tres meses después, en un crimen sin resolver que la Policía atribuyó a un ajuste de cuentas por el homicidio; y los problemas con su hija persisten incluso hoy día. “Yo tengo una pena muerta y una pena viva”, admite Albarrán. Después de todo aquello, decidió “retirarse” de la primera línea y no seguir dando la cara aunque persistía la pugna judicial, pero cree que todo ese sufrimiento le ha pasado factura, con un aneurisma cerebral del que será operada en enero. “Toda la tensión que he pasado tenía que salir por alguna parte”, se lamenta. La muerte de los padres de la otra joven fallecida, Irene Moreno, que fue enterrada al lado de su hija Anuska, como la llamaba, truncó el apoyo que se daban ambas madres. “Sabíamos que nadie iba a entendernos mejor que nosotras, porque el dolor de perder a una hija no se parece a ningún otro”. También dejó de tener contacto con Carmen Rodríguez, la viuda de Tomás Carroza, cuando ésta se mudó, aunque en este caso se alegra de saber que a la familia le ha ido bien: su hijo Jesús Carroza se dio a conocer como actor en la película Siete Virgenes del sevillano Alberto Rodríguez, por la que ganó un Goya que le dedicó a su padre. Pasado el tiempo, si algo consuela a Ana Albarrán es saber que su hija “sigue viva” porque “todos los que la conocieron la recuerdan cada día. Mi hijo, que la adoraba, dice que su hermana lo protege y no hay un día que no la mencione”. Ella, a su vez, guarda aún las pertenencias de su hija “en un baúl tal y como ella las dejó: el camisón que se puso ese día sin lavar siquiera, las zapatillas, el vestido de fiesta que dejó preparado para esa noche y los zapatos, junto a las cartas de su novio...”. Las amigas de la joven corroboran que su recuerdo sigue con ellas: “A mí nunca se me va a olvidar que esa Nochevieja, mientras daban las campanadas y todo el mundo iba a las fiestas de fin de año, yo iba llorando en un coche camino del Virgen del Rocío”, dice Sandra, amiga de la infancia, que define a Anuska como “una persona muy especial, muy buena”. Familiares y amigos han decidido sin embargo que, al contrario que los primeros años, cuando se sucedían los homenajes en el lugar en el que cayó el muro, recordarán su pérdida en la intimidad. No quieren aumentar su dolor regresando de nuevo al muro del Bazar España.

  • 1