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Cultura

Los ojos de la Virgen

¿Y si en la Catedral sucedieran fenómenos extraños? Juan Velasco, antiguo seise, cuenta por primera vez su asombrosa experiencia.

el 08 jun 2014 / 23:30 h.

Imagen DSCN2657AA La sugestión funciona: si se mira la imagen con detenimiento, esta parpadea y mueve ligeramente los labios, como musitando algo, al otro lado del cristal. El impacto es seguro siempre que el visitante vaya suficientemente predispuesto a descubrir uno de los misterios de la Catedral referidos por Juan Velasco, el protagonista de la semana pasada en estas páginas. Antiguo seise, niño cantor, monaguillo cuando le tocaba y, durante un tiempo, inquilino de la Catedral alojado en una de sus criptas subterráneas, Velasco guardaba un repertorio inédito de situaciones extrañas que vivió a finales de los años 40 no ya en primera persona, sino absolutamente solo, en las larguísimas madrugadas del templo metropolitano. Hace unos días, en compañía de este periódico y siempre con la presencia de la guía oficial de esta serie, Inmaculada Díez, regresó al lugar para contarlo todo por primera vez. Y sentado en una mesa del Coliseo, a la hora del café, comenzó su narración. Lo primero que hizo fue hablar de la Virgen del Pilar. Cuántas veces se asomaría el niño Juan, en sus recorridos nocturnos por esa Catedral donde tenía su trabajo y su posada, a los barrotes de la reja que guarda esta imagen de más que quinientos años, obra del escultor Pedro Millán. «La Virgen parpadea», cuenta. «Si te fijas, lo verás. O a lo mejor era lo que me parecía a mí», dice, curándose en salud antes de que alguien empiece a mirarlo sospechosamente, arrugando el entrecejo. Esta capilla junto a la Puerta de los Palos era uno de sus destinos habituales entre una estremecedora oscuridad que atravesaba, según dice, sientiéndose «observado». Como bajo el influjo de una presencia invisible que lo seguía. «Notaba como si hubiese alguien mirándome. Pero yo no era un niño miedoso. No sentía miedo alguno. Si llego a sentirlo, me habría vuelto loco». Sonidos, voces, presentimientos... Demasiado para un niño que bastante tenía ya con dormir entre lápidas de difuntos. Inma Díez y Juan Velasco, señalando el lugar por donde se entraba al túnel. / C.R. Inma Díez y Juan Velasco, señalando el lugar por donde se entraba al túnel. / C.R. Pero esto de la Virgen del Pilar son solo los aperitivos. «Una tarde, mi abuela me dio una gamboa [fruta parecida al membrillo] para que me la llevara de cena a la Catedral, porque éramos pobres y apenas teníamos para comer. El caso es que llegué allí, me estaba esperando el peón (uno al que llamaban el Catalán), yo ya me fui para abajo y sentí echarse los cerrojos. Ya para entonces me había acostumbrado a escuchar ese sonido que era como estar en una cárcel. Total, que dejé la gamboa en la mesita que tenía junto a mi catre y subí a por agua. Y cuando volví, la fruta había desaparecido. No estaba en el suelo, no había salido rodando, no se me había olvidado en otro sitio... Alguien se la había llevado. Y allí solo estaba yo». A Inma Díez se le iban a salir los ojos de las órbitas. Juan Velasco comentó que la losa de bordes metálicos que levantaba cada noche el Catalán con una palanca para franquear el paso a la cripta ya ha sido sustituida por otra normal, y ahora no existe diferencia alguna en la solería que media entre el Mausoleo de Colón y el gran confesionario que hay frente a la entrada del coro, donde se encontraba entonces dicha bajada a la cripta que él identifica como la de los Ybarra. Imaginarse a un chiquillo de diez años pernoctando allí más solo que la una, entre ruidos y sombras, le ponía a la guía los vellos de punta. Pero lo más singular le sucedió una madrugada, poco antes del amanecer. A Juan –o Juani, como lo llamaban entonces– le solían pedir que ayudase en misa a primerísima hora, aunque no hubiese nadie. De hecho, recuerda una vez en que no había ni un alma, y aun así ayudó al cura y se celebró la misa igualmente y con semejante respeto a la liturgia como si hubiese estado la gente rebosando por las capillas laterales. Por entonces, Velasco era novato en las artes monaguilleras y el cura tuvo que ir indicándole qué hacer y cuándo. Fue con el director de la escolanía, Ángel Urcelay. «Cuando terminamos, me voy con él, lo ayudo a guardar las cosas en la sacristía, se lleva la mano al bolsillo y me da un duro, que entonces se ganaban de jornal tres pesetas. Y me dice: Ahora te vas a la calle Francos, a la librería, y te compras el libro de ayudar a misa. Y ya verás cómo la próxima vez que vuelva me ayudas bien. Y fui y me lo compré». Pues bien: como se decía, una mañana muy temprano estaba esperando a que viniese el cura donde solía hacerlo, en un banco que hay delante de la sacristía de los Cálices, frente al Cristo –que por cierto: quien vaya por allí, fíjese en el cuadro que hay entrando a la izquierda, el de Alejo Fernández sobre la Adoración de los Reyes, y observe bien en lo que hay flotando en el cielo, a modo de estrella de Belén–, cuando de repente vio a su lado, sobre el mismo banco donde estaba sentado, un botón. «Sí, era un botón normal. Un botón de abrigo, así, grande, de color gris veteado. No tenía nada extraño. Y al ir a echarle mano, desapareció entre mis dedos y pegó un crujido la Catedral que yo pensé que no es que fuese que se hubiera caído algo, no, sino que se había derrumbado la Giralda. Todo se movía, el Cristo de los Cálices también, fue algo extraordinario como yo no había sentido nunca. Y el botón no estaba. No puedo explicarlo. No se había caído. Simplemente había desaparecido». Aún había algo más, otro misterio que esta vez nada tenía que ver con enigmas inexplicables sino con un viejo secreto que por lo visto no lo es tanto: los túneles subterráneos de la Catedral. «Hay tres», asegura Juan Velasco, que él sepa. Uno de ellos iría hasta el Salvador, partiendo de alguna zona cercana a la Sacristía Mayor y «pasando por debajo del Patio de los Naranjos», más o menos por donde está la tienda de recuerdos. Otro iba desde el Colegio de San Miguel hasta la Torre del Oro, y un tercero uniría esta con la Catedral. No solo es que se lo hayan contado, sino que él mismo, dice, llegó a ver las entradas e incluso a meterse en el del Colegio de San Miguel, «que estaba lleno de ranas y bichos, y tendría dos o tres metros de ancho». En el lugar por el que según él se accedía a este pasadizo, junto a la Plaza del Cabildo, concluía una tarde que dejaba más preguntas que respuestas. Como siempre que una reunión es interesante. Inma Díez lo resumiría así más tarde: «Su historia me pareció increíble. Me dejó impactada la anécdota del botón, yo creo que en su caso hubiera salido corriendo de allí y no hubiera vuelto, ja, ja, ja. También me dejó sorprendida su historia sobre los túneles, me volvió a confirmar lo que ya sabía, que esos túneles no son una leyenda, sino que existen de verdad. En resumen, una historia y una vida apasionantes».

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