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Los pueblos olvidan los 'botellódromos'

Un análisis más o menos detallado del cumplimiento de la ley autonómica que prohíbe el consumo de alcohol en la vía pública permite apreciar su eficacia. Casi tres años después de su entrada en vigor, el fenómeno de las botellonas ha decrecido.

el 15 sep 2009 / 21:47 h.

Un análisis más o menos detallado del cumplimiento de la ley autonómica que prohíbe el consumo de alcohol en la vía pública permite apreciar su eficacia. Casi tres años después de su entrada en vigor, el fenómeno de las botellonas ha decrecido. No se ha erradicado por completo, pero sí que se ha acotado, y en el caso de la capital se reduce ahora a episodios puntuales y a la celebración también ocasional de fiestas universitarias convocadas a través de internet. Los vecinos lo agradecen y los jóvenes de esta generación aprenden también a divertirse sin necesidad de molestar al prójimo. Pero hay quien no está cumpliendo con su parte del contrato legislativo. Se trata de los ayuntamientos, que, al menos en el caso de la Gran Sevilla, siguen sin cumplir con su obligación de habilitar espacios para que los jóvenes de sus municipios puedan pasar sus horas de ocio. Este periódico ha comprobado que sólo cuatro pueblos de la corona metropolitana de Sevilla -Dos Hermanas, Alcalá del Río, Guillena y Utrera- han puesto en marcha estas áreas de esparcimiento, también conocidas popularmente como botellódromos. El resto -incluidas poblaciones del tamaño y peso específico de Alcalá de Guadaíra y de Mairena del Aljarafe- se ha olvidado de cumplir con la ley, aprovechándose de que la norma no contempla plazos para su puesta en marcha ni sanciones para el incumplimiento de esta instrucción. Algunos arguyen que la cercanía con la capital resta utilidad a un espacio de estas características, pues los jóvenes prefieren irse a Sevilla a divertirse o se decantan por los bares de la localidad. Pero este argumento no deja de ser una excusa demasiado inconsistente. Las leyes no se reinterpretan al gusto de cada uno ni se cumplen según dicte el libre albedrío, como parecen creer algunos alcaldes. Por tanto, les guste o no la creación de un botellódromo -y este sería otro debate-, están obligados a habilitarlo para darles una alternativa de ocio a sus conciudadanos.

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