Cultura

Los toros de Zalduendo deslucieron la primera corrida

Al lujo y al rito; al calendario pendular de las cosas y las gentes de Sevilla no quisieron unirse ayer los toros de Zalduendo. El gozo pascual quedó ahogado en un pozo sin que Morante o El Cid, estrellas de la presente e incompleta temporada maestrante consiguieran dar una vuelta al ruedo.

el 16 sep 2009 / 01:15 h.

Al lujo y al rito; al calendario pendular de las cosas y las gentes de Sevilla no quisieron unirse ayer los toros de Zalduendo. El gozo pascual quedó ahogado en un pozo sin que Morante o El Cid, estrellas de la presente e incompleta temporada maestrante consiguieran dar una vuelta al ruedo. Sin que José María Manzanares, al que algunos habían presentado como convidado de piedra de las estrellas sevillanas, pudiera reeditar el toreo sinfónico que el pasado año lo convirtió en triunfador indiscutible de la Feria y, hace dos, en el autor de la mejor faena. Los toros de Zalduendo ni siquiera dieron opciones para que Morante, que volvía a la Maestranza en su renovado papel de hijo pródigo y nuevamente amado, pudiera estirarse más allá de algún detalle apuntado, sin que pudiera mostrar algo más que el esfuerzo derrochado en el primero y el hastío indisumulado con el que despachó al imposible cuarto de la aburrida tarde.

Era imposible. El toro que abrió la temporada 2009 en la plaza de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, acapachado y feo de hechuras, engañó en los primeros compases de su lidia por su comportamiento bravucón, empleándose en el caballo y reventando las troneras de los burladeros. Pero fue una ilusión. Morante escenificó un trasteo esforzado que contó con el aliento inicial de un público que llegaba a la plaza de la Maestranza con ganas de toros. El de la Puebla lo pasó con autoridad mientras su enemigo pasaba progresivamente descompuesto y cantando su querencia a los terrenos de sol, muy cerca de chiqueros. Allí concluyó el trasteo, sin que surgiera el acople a pesar de que alguna trincherilla, un detalle aquí o allá hicieran comulgar al respetable. No hubo hilo ni argumento en la faena que acabó entre pinchazos.

Mucho más difícil se lo iba a poner el cuarto de la tarde, un toro que en su salida cansina ya anunció que con él no iba esa guerra. Morante lo intentó con un arrebatado e incompleto ramillete de verónicas, casi desesperadas, en las que ya se vio que el toro de Zalduendo no quería coles. Protestón en la lidia, tirando hachazos y correoso en el segundo tercio tampoco tuvo ningún estilo en la muleta del diestro cigarrero, que acabó tirando por la calle de enmedio antes de dar un sainete con la espada para despedir su primer compromiso sevillano.

Pero la cosa iba a estar torcida para todos. Ésta vez El Cid no pudo presumir de su proverbial fortuna en los sorteos. Aunque el segundo hizo alguna cosita buena en los primeros compases de su lidia y tampoco tuvo mal son en banderillas -Alcalareño lo cuajó magistralmente con los palos- acabó gazapeando y quedándose muy cortito en la muleta del diestro de Salteras, que lo había recibido en los medios muy de largo confiado en que podría ir a más. No pudo ser, una estocada algo desprendida ponía fin a su lidia en espera de que la moneda pudiera cambiar con el quinto de la tarde. No iba a ser así.

Este quinto fue un toro muy abantón que empujó a los pechos del caballo de picar queriéndose marchar siempre de la suerte. El Cid planteó la base de su trasteo sobre la mano izquierda sin que el enemigo se empleara nunca en el embroque de los muletazos, pasando sin brío ni codicia. Los viajes con la cara alta, muy a su aire, terminaron de agotar la paciencia del público aunque su matador aún le enjaretó una serie sobre la mano derecha cuando todo estaba cumplido. Para entonces el toro se había parado definitivamente y El Cid lo echó abajo de una estocada suficiente. Aún le quedan, como a Morante, cuatro en el abono.

Tres son las que le restan al joven Manzanares, que ayer puso toda la carne en el asador para tratar de no irse de vacío en la plaza de sus mayores y mejores triunfos. Pero era imposible, era tratar de sacar agua de un pozo seco aunque tirara de capacidad y técnica para intentar apurar las escasas posibilidades del tercero, un toro corretón y muy distraído en la lidia que engañó a algunos gracias a un puyazo espectacular en el que levantó en vilo al caballo después de trabarle la mano. Sólo era una ilusión. Su mansurroneo quedó confirmado cuando salió huyendo despavorido del segundo encuentro antes de que el gran Curro Javier lo bordara con las banderillas. Manzanares lo sacó a los medios buscándole las distancias, midiendo los toques, asegurando los cites y dejando siempre la muleta colocada. Pero el toro no llegó nunca a entregarse y acabó renunciando a un enfrentamiento que nunca pudo ser por falta de enemigo. Una buena estocada, que tuvo que ser refrendada con el descabello, puso la firma a la primera intervención del alicantino.

La suerte iba a seguir de espaldas y el sexto tampoco iba a brindar opciones para el triunfo. Los puñetazos que tiró al capote del alicantino en el recibo de capote no eran la mejor tarjeta de presentación pero Manzanares no se arredró y apuró hasta la última posibilidad, mínima, para tratar de no irse de vacío. Pero el toro tomaba la muleta entre gruñidos de jabalí, descompuesto, haciendo hilo y colándose. La tarde estaba ya hundida y las ganas de Manzanares tendrán que esperar.

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