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Los vapores Sevilla-Cádiz

El último Abencerraje de la tribu de barcos que cubrían el trayecto entre Sevilla y Cádiz por el Guadalquivir y el que salvaba la bahía yendo y viniendo de la Tacita a El Puerto está a punto de tirar la toalla por falta de imaginación.

el 16 sep 2009 / 04:19 h.

El último Abencerraje de la tribu de barcos que cubrían el trayecto entre Sevilla y Cádiz por el Guadalquivir y el que salvaba la bahía yendo y viniendo de la Tacita a El Puerto está a punto de tirar la toalla por falta de imaginación. La imaginación lo llamaba "vapor" aunque hiciera mucho que había dejado de serlo; tampoco lo había sido de toda la vida, claro está: sólo desde que se descubrió que el agua en ebullición podía mover un barco o un tren.

La línea -vital durante muchos siglos- la hacían botes cuya travesía podía ser divertida o angustiosa, según el humor del cielo y de la mar. Engullidos por los que pregonan las grandes compañías de los descomunales trasatlánticos, los viajes de Sevilla a Cádiz por el río o por El Puerto de Santa María (lo mismo que los de la motora de Huelva a Punta Umbría) han caído en desuso, no forman parte de los atractivos vacacionales, tal vez por ir asociados a costumbres consideradas plebeyas, se están borrando a pasos agigantados de la memoria colectiva, no están ya anunciados en ningún sitio, salvo en nichos antropológicos como el azulejo trianero de Casa Cuesta y en alguna coplilla gaditana de carnaval.

Y, sin embargo, hay mucha Historia y muchas historias en sus vueltas: desde los primeros atisbos de flamenquerías a los relatos de curiosos impertinentes extranjeros, desde Frasquita Larrea con su hija Cecilia (Cecilia Böhl de Faber) de la mano, hasta los tipos populares de los sainetes de González del Castillo. Cantiñas y sustos, la vida. Cuando Villalón dijo aquello de que el mundo se dividía en dos: Sevilla y Cádiz, tenía claro que la costura entre ambas la formaban esos barcos que ahora, en medio de un mundo a alta velocidad, parecen cacharros inservibles. Lo malo es que aquellos cacharros sabían donde iban y este mundo todavía no.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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