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Luciano contra el mundo

Me estoy mudando. Solamente me mudo de vez en cuando, para mi alivio y por parafraseo; saca de quicio la búsqueda, sí, pero más el cambio de un espacio a otro espacio, de una butaca a otra loseta, de un libro a otra estantería...

el 16 sep 2009 / 07:12 h.

Me estoy mudando. Solamente me mudo de vez en cuando, para mi alivio y por parafraseo; saca de quicio la búsqueda, sí, pero más el cambio de un espacio a otro espacio, de una butaca a otra loseta, de un libro a otra estantería. He ahí mi problema, el motivo de mi insomnio: los libros. Con qué títulos quedarme; cuáles destinar con mis padres, cuáles regalar. Qué merece la pena conservar cerca y qué esperará la relectura unos años, hasta que los metros cuadrados crezcan o se estiren.

Entre caja y caja, leo. Hojeo los libros que ocupaban una pared, los que guardaba debajo de la mesa, y en ocasiones me demoro en uno, en otro, y más tarde me acerco a alguno más reciente. Escojo uno moderno a rabiar, aunque su autor viviera en el siglo II: El bibliómano ignorante, de Luciano, recién editado por Errata Naturae con traducción de Helena González y prólogo -divertidísimo, gamberro- de Iván de los Ríos.

Primera página, Luciano advierte: Tú crees que por comprar compulsivamente los mejores libros vas a parecer una persona con cultura, pero el asunto se te escapa de las manos y, en cierto modo, se convierte en una prueba de tu incultura. Enrojezco, miro alrededor: la pared ahora limpia de no ser por el rastro de los lomos; los libros aún por guardar, sus esquinitas dobladas para resaltar frases geniales, los subrayados, los comentarios.

El mal está hecho: en mi próxima vida, la que comienza en septiembre, tiraré de bibliotecas, libros prestados, manos segundas o terceras. Temblaré frente a las librerías; mi mente desactivará la banda de las tarjetas. Porque, si estás resuelto a perseverar en el mismo vicio, hazlo; compra libros y tenlos encerrados en casa y disfruta la gloria de tus posesiones. Con eso te basta. Pero no los toques jamás, ni leas, ni extravíes con tu lengua los discursos de los antiguos, ni sus poemas, que nada malo te han hecho. Desafíen a Luciano, compren este divertidísimo bofetón. Discúlpenme: me queda una estantería por vaciar.

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