Cofradías

Luis Montoto pierde todos los sentidos

San Benito se rebela al sentido único, pero lo marca la tradición

el 30 mar 2010 / 19:00 h.

Luis Montoto pierde los sentidos en Martes Santo. Y no es por la rebelión de los comerciantes ni por los taxistas -que tanto se están quejando de los bolardos de plástico-, sino por la misma hermandad de San Benito. Ni el Ayuntamiento sería capaz de sugerirle a los 1.500 nazarenos de antifaz morado que, si quieren ir a la Catedral, den un rodeo por Luis de Morales y luego girar a la derecha para coger Eduardo Dato. Las calles pueden cambiar, pero la tradición perdura.

Hasta hay quien le sacó partido al renovado diseño de la antigua calle Oriente. Los bolardos de plástico -por cierto, de color San Esteban- marcó la carrera oficial de Nervión. Joven que llegaba, joven que lo usaba como asiento. Y quien era mayor, venía con su silla y metía el bastón en el orificio que tiene en la parte superior y no tenía que llevarlo a cuesta casi dos horas.

Con esas improvisadas sillitas, se confeccionó el pasillo idóneo para el paso de la cofradía. Y, quien no tenía sitio, ya lo encontraba en el bar Jota o en La Chicotá, donde se tomaban una cerveza mientras hablaban de lo de cada Martes Santo: el tiempo, la Semana Santa y el fútbol. Y, quien vino con tiempo, hasta se animó a una buena mariscada cerca de Santa Justa, donde la carpa de Sabor Galicia se llenaba antes de las dos para probar el buey cocido, los mejillones, cigalas, el salpicón de langosta. Comida de Cuaresma.

Al final, San Benito se libró de la multa por ir en dirección contraria, pese a estar escoltado por hasta ocho agentes de la Policía Local. Pero no fue el único. El carril para transporte público se tomó el día libre y, antes de que saliera la hermandad, todos se hacían los despistados con la respuesta habitual al agente: "¿Qué cartel? Ah, que lo han cambiado, no lo sabía". La picaresca surtía efecto y cogían autovía hasta el mismo Centro.

Otro cantar era la odisea de buscar aparcamiento para ver la Semana Santa como si estuvieras en uno de esos cines de verano de los que tanto se muestran en las películas americanas. Pero hubo quien lo logró sobre- pasando de largo el límite de la legalidad. "¿Pero cómo han metido esos coches?", se preguntaba una mujer que pasaba por la avenida Menéndez y Pelayo, al ver una fila de turismos aparcados en batería en la acera, a escaso metro y medio de la valla de los Jardines Murillo. El más difícil todavía, un Mercedes colocado como una ficha de tetris: colocado entre la valla, la parada de autobús, un aseo y los bolardos del carril bici. A lo mejor era más fácil coger el Metro, que ya lleva un año en servicio.

La acera la tomaron los coches y el asfalto lo sufrió el costalero. En especial la cuadrilla de costaleros de El Cerro, damnificado por los efectos colaterales de las obras y el temporal. El laberinto de obstáculos de la avenida Ramón y Cajal fue un suplicio y más de un costalero lamentó en voz alta los tropiezos por los socavones y, como remate, la rotonda en obras en el cruce con la avenida de la Borbolla para la ampliación del Metrocentro. Cuando llegaron a la calle San Fernando, algunos estaban con la lengua fuera.

Allí se pudo desvelar uno de los grandes misterios de la Semana Santa. ¿cuándo colocan la alfombra para que la cera de los hermanos de Los Estudiantes no manche el suelo exterior del Rectorado? Tres horas antes de la salida, dos operarios la ponían a toda prisa para guiar el camino alternativo que en los últimos años tiene que dar esta cofradía para salvar el bosque de catenarias del Metrocentro que, si se cumplen los plazos previstos, desaparecerán para la próxima Semana Santa para alivio, sobre todo, de estos dos operarios, que sudaron de lo lindo para colocar la imprescindible moqueta.
A pocos metros, un letrero da el pertinente aviso: "Línea Metrocento suspendida por cofradía". Y si alguien tenía dudas, ya se encargaba la megafonía de repetirlo de vez en cuando. Pero, pese a ello, la parada de la calle San Fernando estaba llena, incluso con las sillas de los chinos, improvisando un palquillo de la sociedad sevillana de a pie.

El personal mostró un inusitado entusiasmo, parecido al que demostraban un grupo de guiris que correteaban rumbo a San Fernando cuando asomaba la Cruz de Guía de los Estudiantes. Pero nada más lejos de la realidad. En el momento menos pensado giraron a la izquierda y se colaron en un cibercafé: y es que era el único momento del día en el que este local estaba vacío.

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