Toros

Luque: los dinteles de la madurez

El joven matador de Gerena ha forjado una temporada de valioso crecimiento personal que despeja su futuro inmediato. Su nombre -ahora sí- ya cotiza al alza.

el 25 ene 2015 / 12:00 h.

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Daniel Luque. / Foto: José Manuel Cabello Daniel Luque. / Foto: José Manuel Cabello Dos encerronas de distinto signo pivotan las dos vidas de Daniel Luque. La primera, celebrada el Domingo de Ramos de 2010 en Madrid, cortó en seco el cantado despegue de un torero nuevo que había irrumpido en las ferias con aura de superdotado. El joven matador quería subirse de golpe tres o cuatro escalones que quedaron aplazados, dejando en agua de borrajas sus solemnes propósitos de asaltar la primera fila del toreo. La última encerrona, más de cuatro años después y en la feria del Pilar de Zaragoza, ha certificado que la travesía del desierto que se inició en aquel fallido y prematuro gesto madrileño ha finalizado. Luque ha sabido extraer de sí mismo la frescura, la calidad y la capacidad de resolución que le pusieron en el punto de mira de todo el toreo en sus inicios fulgurantes. En ese mismo momento -al doblar el sexto toro de su trascendental tarde maña- quedaba archivada la fotocopia de aquel adolescente por madurar en todos los aspectos de la vida que también ha sabido pulir un carácter lleno de surcos. La aplazada madurez, ahora sí, había llegado para quedarse. La contradictoria facilidad -tan llena de peligros- había quedado definitivamente atrás. La historia taurina de Daniel Luque, que aún esta por escribir en su mayor parte, tuvo un comienzo muy parecido al de tantos chicos precoz y naturalmente dotados para la profesión. Basan su éxito en esa facilididad innata que les permite navegar a todo trapo con los erales y los utreros sin subir las revoluciones. Los problemas llegan cuando aparecen escollos y dificultades que ponen a prueba la capacidad de sacrificio y la propia cultura del esfuerzo, tan necesaria para perseverar en el toreo. Es el filtro que deja en el camino a los aspirantes sin vocación o carentes de valor auténtico y sostenido. Luque, como tantos, estuvo a punto de perderse en esas curvas en las ocho temporadas que ya ha sumado como matador de toros a pesar de su juventud. Si su nombre caía de pie en los carteles de su primera etapa, comenzó a despertar demasiados recelos entre el aficionado. ¿Qué había pasado? Hubo quien afirmó que el torero tenía más ambición que valor, una difícil ecuación que el torero acertaría a resolver en la temporada que quedó atrás. No se tapó en el inicio de su campaña. Hubo un inicio fulgurante -dos orejas en Fallas a un sexto de Cuvillo- pero a Daniel le esperaba el áspero plato de miuras que había escogido para volver al Domingo de Resurrección sevillano. El festejo, mano a mano con su paisano y rival Manuel Escribano, basaba su argumento en el desagravio a la ausencia premeditada de las cinco figuras que tenían su sitio natural en esa tarde luminosa. Los miuras -desplazados de su fecha habitual- no salieron como en 2013 y el festejo se desarrolló con solvencia, pero sin brillantez. A pesar de todo, los dos toreros de Gerena consiguieron meter más gente en Sevilla que las primeras figuras que se habían exiliado en la plaza de la Malagueta el mismo día y a la misma hora. Luque aún sumó un segundo compromiso en el ciclo sevillano esforzándose con los toros de Garcigrande. Pero los motores iban a empezar a rugir en Sanlúcar de Barrameda con el indulto de un excelente ejemplar de Santiago Domecq. La circunstancia no era casual. Sin solución de continuidad le esperaba Madrid que, ahora sí, le iba a ver salir a hombros por la Puerta Grande después de cortar la oreja a los dos ejemplares de Puerto de San Lorenzo que sorteó. La temporada comenzaba a coger velocidad de crucero y el secreto placet de los profesionales -el único y definitivo aval de la valía de los toreros- comenzó a cambiar de signo. Algo había cambiado. Daniel también consiguió salir a hombros en Granada y -entre otros triunfos- sumó tres orejas en Pontevedra una semana antes de una tarde fundamental. Llegaba al exigente ruedo francés de Bayona el 10 de agosto a punto de caramelo. Ese día, la rendición de la profesión fue total y aún se permitió el gusto de torear seis toros de aperitivo en su Almodóvar del Campo antes de la gran faena al toro de Bañuelos en Zaragoza que resumió un año de madurez.

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