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Madera de personaje histórico

el 28 nov 2010 / 07:49 h.

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Desde que la Infanta Elena decidió venir a casarse a Sevilla y la avenida se llenó de banderolas como si fuera el camino al castillo de Camelot hasta que empezó a presentarse en todo acontecimiento digno del Hola con los modelos más atrevidos y las pamelas más inolvidables de toda la lista de invitadas, la hija mayor de los Reyes había experimentado una evidente metamorfosis personal. No era una transformación meramente estética, como no lo fue la de la sociedad española en ese mismo periodo ni la de la monarquía a la que pertenece, que paralelamente escenificó su definitiva adaptación a los tiempos casando al príncipe heredero con quien a él le dio la real gana.

Doña Elena no fue nunca la más mona de las infantas ni destacó por su facilidad de palabra, pero siempre despertó más simpatías porque -dicen-es la que más se parece al Rey, la más borbona de la casa, y, aparte de ser espontánea y tierna, se inclinó más que sus hermanos por la vertiente castiza de la españolidad: los toros, los caballos, las romerías y celebraciones populares en general. Hay quien la compara por su carisma con su antepasada Isabel de Borbón La Chata , la hija de Isabel II, a la que el Gobierno de la segunda república rogó que permaneciera en España cuando su familia marchaba al exilio.

Tanto carisma tiene que hay incluso sectores que la prefieren como reina aunque algunas biografías no autorizadas relatan el ataque de pánico que sufrió cuando al Príncipe de Asturias se le pasó por la cabeza renunciar a sus derechos sucesorios si no le permitían casarse con Letizia Ortiz. Lo de reinar no le tira. Ella será muy borbona, pero su marchamo linajudo no se manifiesta más allá de haberse casado con un dandy excéntrico que luego no estuvo a la altura y haberles puesto a sus hijos unos nombres que los distinguirán de por vida. Ella es auténtica: casi todo el mundo la ha visto llorar. Como una magdalena al ver a su hermano de abanderado en los Juegos Olímpicos de Barcelona, o tras los triunfos de la Selección nacional, o delante del altar en el Salvador oyendo una salve rociera el día de su boda. Quienes la conocen afirman que es una sentimental, que tiene mucho genio y sentido del humor. También demuestra una gran tenacidad cuando pone en evidencia su decisión de rehacer su vida tras un divorcio extremadamente complicado.

Lo más injusto que puede ocurrirle es que se consolide la idea de que su proceso de sofisticación estuvo enteramente dirigido por su marido. Que la transformación de aquella muchacha de aspecto mojigato en una mujer rompedora se produjo al dictado del esnobismo de Jaime de Marichalar. Es cierto que las personas cambian, se hacen mejores o peores por la influencia de sus compañeros de viaje, pero de Elena de Borbón sólo puede decirse que ha madurado tarde -como suele ocurrirle a los jóvenes sobreprotegidos- pero de una vez: la seguridad que destila su tranquila y casi permanente media sonrisa es la misma que muestran los retratos de las grandes familias que pasan a la historia. Y eso está en su mapa genético, nadie se lo ha podido enseñar. No lo puede evitar. Se la tiene por muy discreta aunque la práctica de ir de incógnito no debe resultarle fácil a una mujer de casi un metro ochenta y una presencia imponente. Pero muy poca gente la había visto por Sevilla antes de anunciar que se casaba en la catedral pese a que en su juventud venía con frecuencia, tenía una pandilla de amigos y hasta un novio sevillano, el jinete Luis Astolfi, muy guapo por cierto, con el que compartía la pasión por los caballos.

Discreta tiene que ser, entonces, pero aun con su discreción no es una mujer que pase desapercibida. Cuando la vida de la Infanta Elena sea material para los libros de texto (digitales, seguramente) a alguien le importará saber que era muy devota de la Virgen del Rocío y que se marcaba unas sevillanas donde hiciera falta. La barra libre de su boda estuvo amenizada por el grupo sevillano Siempre así y es presidenta de honor del Salón Internacional del Caballo de Sevilla (Sicab), que se celebra estos días, desde su fundación. Su vinculación con Sevilla va más allá de una simple decisión estratégica de la Corona y su carácter sureño adopta múltiples formas por mucho que el Rey se fuera a Lugo a regalarle un ducado cuando se casó.En plena polémica sobre la abolición de la fiesta de los toros, Elena de Borbón se presentó en la boda de la heredera sueca con un espectacular modelo de goyesca con la falda a modo de capote que dio la vuelta al mundo. Habría que ser muy ciego para no ver que el personaje tiene madera para perdurar.

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