Cultura

Madres infinitas

Con motivo del Día de la Madre repasamos el papel de estas en la literatura universal. Un relato sin fin sobre una icónica figura retratada de mil maneras posibles

el 03 may 2014 / 20:00 h.

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15712984La figura de la madre trasciende culturas y fronteras. Las primeras celebraciones del Día de las Madres hay que hallarlas en la antigua Grecia, donde se le rendían honores a Rea, progenitora de los dioses Hades, Poseidón y Zeus. El hilo podría traernos hasta la actualidad. Pero, en fin, el culto a las madres se enraiza de tal manera en la historia de la humanidad que podríamos seguir su evolución atendiendo a cualquier disciplina posible. La de la literatura es sólo una de ellas. Paradójicamente en la historia de las letras, desde la diosa romana Juno de La Eneida, las madres no siempre aparecen con perfiles positivos. Como en la tragedia Medea, de Eurípides, donde una mujer es humillada por el hombre al que ama. De otro modo, también la evolución del feminismo podría seguirse paralelamente a cualquier relato sobre la mujer en la literatura. 15712986Una de las más desdichadas madres fue la que retrató Tolstoi en Ana Karenina, y acaso una que ejemplifica perfectamente los roles clásicos asignados a este papel es Úrsula, enmarcada en los Cien años de soledad de García Márquez. García Lorca inmortalizó a otra, en La casa de Bernarda Alba, presa de la tiranía a la que abocaban la estricta observación de las convenciones sociales de su tiempo. En la misma comba ideológica, Bertol Brecht vertió sobre su Madre coraje toda la negrura de un tiempo determinado, en donde la lucha por la supervivencia ponía en solfa cualquier otro rasgo de humanidad. Rascando en cualquier biblioteca también hallaremos sinceros cantos de amor a madres abnegadas y piadosas. En Mi madre el escritor marroquí Tahar Ben Jelloum hace un vívido y sentido retrato de su madre aquejada de alzheimer, a la que dedica un texto lleno de tolerancia y bondad. Con idéntico título, el escritor ruso Maximo Gorki hablará en su relato de una campesina rusa, Pelagia, capaz de criar a sus hijos y enarbolar una lucha en pro de los derechos de los trabajadores y contra el nazismo. 15712978Muy cinematográfica ha sido y es Charlotte Haze, la madre de (la) Lolita, de Nabokov, inmortalizada cinematográficamente por Stanley Kubrick. Más recientemente la popular escritora de best-sellers, Amy Tan, erigió una novela inspirada en su propia madre, El club de la buena estrella, es uno de los libros más vendidos de la última década. Y si antes nos referíamos a Nabokov, otro compatriota suyo, Anton Chejov, erigió a la mamá de La cronología viviente en protagonista de una de sus obras más apreciadas. «Hijos de las madres aún vivas, no olvidéis que vuestras madres son mortales. No habré escrito en vano si uno de vosotros, tras leer mi canto de muerte, se muestra más dulce con su madre una noche (...) Sed dulces cada día con vuestra madre. Amadla mejor de lo que supe amar a mía», concluye el contemporáneo Richard Ford en Mi Madre (editado por Anagrama), canto de amor del hijo único y suerte de exorcismo particular de sus demonios personales en relación con su figura materna. En su estudio al respecto de la figura icónica de la madre, José Miguel López-Astilleros cita al autor Albert Cohen –El libro de mi madre (Anagrama, 2007)–, cuya madre murió sola en la Francia ocupada por los nazis. «Llorar a la madre es llorar a la infancia. El hombre quiere su infancia, quiere recobrarla, y si ama más a su madre conforme avanza en edad es porque su madre es su infancia», dejará anotado. Aunque la ópera tiene sus propias madres, no finalizaremos estas líneas sin referirnos a la rara y original La madre (1931), obra lírica del checo Alois Hába. La ópera, que permanece inédita en España, se centra en el relato de una familia rural cuya madre se empeña en criar a sus hijos en los valores cristianos pese a la extrema pobreza que les asola. Hába se acercó a la dicción del dialecto del pueblo checo para crear una partitura de ribetes folclóricos y, a su vez, extrañamente vanguardistas. «El corazón de una madre es un abismo en el fondo del cual siempre encuentras un perdón», dejó impreso el músico en la partitura citando a Tolstoi.

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