Local

Manifiesto por el andaluz

De entrada resulta difícil no adherirse a un manifiesto que apuesta por garantizar de facto los derechos de los castellanohablantes en las comunidades donde coexiste otra lengua. Una iniciativa que además cree que todas las lenguas son "merecedoras de estímulo" y salvaguarda. Impecable. Pero al final, todo tiene un extraño sabor a ácido bórico...

el 15 sep 2009 / 07:51 h.

TAGS:

De entrada resulta difícil no adherirse a un manifiesto que apuesta por garantizar de facto los derechos de los castellanohablantes en las comunidades donde coexiste otra lengua. Una iniciativa que además cree que todas las lenguas son "merecedoras de estímulo" y salvaguarda. Impecable. Pero al final, todo tiene un extraño sabor a ácido bórico, ¿me comprenden?

Fíjense que he incurrido en el defecto tan poco español de leerme el manifiesto antes de escribir sobre él. Tanto me lo leí que hasta cambié mi opinión sobre el mismo: su defensa del español y las otras lenguas es intachable y su apuesta porque cada cual eduque a su hijo en el idioma que crea oportuno, compartible. Cosa distinta es que si yo viviera en Eslovaquia me gustaría que mi hijo, además del español, aprendiera el eslovaco, pero, en fin, cada uno tiene sus manías. Volviendo al manifiesto.

Si se supera la heterogeneidad ideológica, social, sectorial y conceptual de los firmantes -que uno no sabe si es buena o mala- es fácil aplaudir. Eso, ya digo, si no te disuade el catálogo de firmas: Savater o Rosa Díez, Vargas LLosa y Álvaro Pombo, pero también la Asociación de empresas turísticas o El Mundo y Telemadrid, la Falange Auténtica, las academias iberoamericanas, la Asociación de Guardias civiles o Nuevas Generaciones del PP, Luis Aragonés y Casillas. Pero en el texto se detecta una exageración que desemboca en la duda: "las razones para preocuparse" por el futuro del español.

Cuando la formulación se eleva a papel prensa aparece el bórico: la excepción llevada a cinco columnas. El matacucarachas que no activó las bombas del 11-M. Los problemas que padecen algunos castellanohablantes para que sus hijos sean educados en español o para relacionarse en esa misma lengua con la administración son casos puntuales nacidos del habitual ventajismo nacionalista, que intenta imponer una sola realidad linguïstica y cercernar el español como, quizás, lengua invasora, cultura castradora imperial o cualquier otra memez. Y por ese resquicio se ha colado la utilización política del manifiesto.

Pero si argumentamos la grandeza del español y su innegable riqueza cultural para propugnar su defensa y presumimos de que 400 millones de personas lo hablan, admitamos que en el pecado va la penitencia: nunca estuvo en peligro modalidad alguna que practicara a diario una comunidad tan numerosa, desde el melódico, certero y untuoso hablar de Hispanoamérica -¿Suramérica?, vaya con el idioma- al acerado, pobretón y duro hablar de España.

Cosa distinta son los abusos, que hay que denunciar y combatir, o la estulticia nacionalista, que es necesario evidenciar y corregir. Los muníficos impulsores del manifiesto han calculado con el ojímetro de Berlanga el número de castigados por la sevicia tribal y han tomado la parte por el todo. Y han montado un lío que ya cumple sus propósitos: los nacionalistas se lo pensarán antes de fagocitar la enseñanza en español.

Pero, como todo en la vida, la clave una vez más está en Andalucía. Sin exagerar. Somos un territorio histórico no nacionalista que tiene un idioma propio sin aspirar a tenerlo, macerado en el árabe y el latín, pero también en el castellano mesetario y el lusitano por la parte del oeste. Personal e intrasferible; cantarín, afilado o estreñido; diverso, occidental y oriental; del mar y la sierra.

Dicen los lexicólogos y los académicos de la lengua española que el andaluz no es un idioma e incluso dudan de que sea un dialecto o una modalidad regional, pero todos coinciden en que tenemos un léxico propio aunque nos falte la lengua y advierten de que esos desórdenes liguísticos muestran variedades del orden geográfico y sociales que se curan culturizando a quienes se atreven a hablar como habla mucha gente en Andalucía.

Todo es teoría: porque lo cierto es que cuando ceceamos o seseamos, cuando aspiramos las haches y nos comemos el final de las palabras estamos hablando en andaluz sin dejar de hablar en español. ¡A ver quién puede decir lo mismo¡ Y ojo, que tiene su miga: que yo he visto en Canal Sur ponerle letreros subtitulados al andaluz, pasándolo al castellano. Y no me gusta la propuesta para la normalización del andaluz que anda por Internet porque tiene afán homogeneizador y le sobran tantas equis y cosas raras.

  • 1