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Manolete: bodas de platino en una alternativa

El monstruo cordobés se hizo matador en la plaza de la Maestranza de manos del diestro sevillano Manuel Jiménez ‘Chicuelo’ el 2 de julio de 1939.

el 03 jul 2014 / 13:00 h.

Chicuelo cedió los trastos de matar a Manolete para que estoqueara un toro de Clemente Tassara. / Archivo Rodríguez de la Vega Chicuelo cedió los trastos de matar a Manolete para que estoqueara un toro de Clemente Tassara. / Archivo Rodríguez de la Vega Sevilla, 2 de julio de 1939. En la plaza de la Maestranza, Manuel Jiménez Chicuelo cede la espada y la muleta a un mozo espigado, como salido de un cuadro de El Greco, solo tres meses después de la terminación de la Guerra Civil española. A la vez que se iniciaba la larga posguerra, se estaba marcando el despegue del toreo moderno. El festejo se resolvió de manera apoteósica. Chicuelo –a la postre el máximo triunfador de toda la tarde–, Gitanillo de Triana y el propio Manolete –que vestía un precioso terno heliotropo y oro de la desaparecida sastrería sevillana de Manfredi– se repartieron seis orejas y un rabo del encierro de Clemente Tassara que había viajado desde los cerrados de Barbacena, en los campos de Aznalcóllar. El testimonio de Delavega, crítico taurino de El Correo de Andalucía, rescata la efemérides: «Una alternativa lucida.Un toro de alternativa bien toreado con un toreo sobrio, seco, valiente». Era el doctorado de uno de los toreros más grandes de todos los tiempos, de un matador destinado a marcar una época fuera y dentro de los ruedos. La corrida se había organizado a beneficio de la Asociación de la Prensa de Sevilla y no estuvo exenta de anécdotas previas y posteriores, trufadas del ambiente político que se respiraba en un país en el que aún retumbaba el eco de los fusiles y los cañones. El toro escogido para la ceremonia tuvo que ser rebautizado a prisa y corriendo como Mirador. En el herradero se le había puesto Comunista y, obviamente, el ambiente no era el más propicio para mantenerle el nombre. Como colofón a la triunfal alternativa, un grupo de aficionados organizó un homenaje a Manolete en la Venta Marcelino. La nota más curiosa de este banquete queda recogida en la edición de El Correo del 4 de julio de 1939 señalando que se sirvió «Champang que se cría en Jerez y no en Francia» de la casa Pedro Domecq. Cosas de la autarquía y es que el horno no andaba para muchos bollos en la España devastada de 1939. Manolete aún volvería a torear otra corrida en Sevilla ese mismo año, a los pocos días de su alternativa. Fue el siguiente 18 de julio, organizada a beneficio de la restauración del santuario despanzurrado de la Virgen de la Cabeza. El futuro califa alternó en esa ocasión con el Niño de la Palma y Pepe Bienvenida. Por delante, rejoneó un toro Mascarenhas. Solo unos meses más tarde volvería a estar anunciado en la plaza de la Maestranza como diestro base de las tres corridas con las que contó la Feria de Abril de 1940. Manolete derrotó a Domingo Ortega –que nunca se lo perdonó– y se hizo amo y señor del toreo hasta la tragedia irremediable de Linares. Efectivamente, la Guerra Civil iba a cambiar muchas cosas en el país, pero también en el toreo, que había quedado prácticamente en barbecho en los años de la contienda. Pero el esquilme irreparable de muchas de sus ganaderías bravas no logró doblegar las ganas de ver toros. Además, la conclusión de la contienda implicaba en lo taurino la llegada de una nueva época; una vuelta de tuerca en el lenguaje y la técnica que pondría los cimientos de la arquitectura del toreo moderno. Esa revolución no se podía entender sin ese muchacho cordobés que se acababa de convertir en matador de toros en la plaza de la Real Maestranza, ruedo en el que actuaría con profusión hasta su muerte, convirtiéndose en la base indiscutible de las ferias de 1940 y 1945. Más allá de las casualidades, de las coincidencias de aquel cartel del verano de 1939, el festejo encerraba algunas de las claves secretas de la transmisión del más valioso legado taurino al nuevo diestro, que aún no había sido reconocido por la crítica y los aficionados como III Califa del Toreo. No podía ser casual que el genial Chicuelo fuera el encargado de conferir el grado de doctor en Tauromaquia a Manolete. Chicuelo había recogido las aportaciones de Joselito y Belmonte, convirtiéndose en el transmisor de un concepto: el toreo ligado en redondo, que el torero de la Alameda de Hércules adobó de su gracia personal, de sus propios condicionantes anatómicos –chaparrito el sevillano, un ciprés el cordobés– y estructuró en series diferenciadas y rematadas, dotando al trasteo de muleta de un metraje musical que se ha perpetuado como un canon inamovible –base de las sucesivas aportaciones de otros diestros fundamentales– hasta nuestros días. Como una esponja, Manolete tomó buena nota de las bases transmitidas por Chicuelo, al que le faltó regularidad, consistencia y valor para prodigar estos hallazgos técnicos que encontrarían en la imparable primacía y la personalidad del nuevo matador su mejor revisor. Pero hay que recalcar un factor fundamental: más allá de la personalidad del cordobés –tan alejada aparentemente de la puesta en escena de Chicuelo–, de su hierática y solemne presencia, estaba naciendo la faena moderna, la posibilidad de imponer un estilo definido, un modo de torear a un mayor número de toros dejando atrás definitivamente los rudimentos de la brega decimonónica. El toreo estaba adoptando su definitiva categoría artística; pero de un arte entendido como vehículo de expresión, no solo como el conjunto de reglas y rudimentos que pertenecía a la lidia antigua. La alternativa sevillana de Manolete escenificaba la transmisión de esa herencia. La ligazón en redondo de Joselito, el toreo estático y cambiado de Juan Belmonte encontraban, con Chicuelo de catalizador, el eslabón definitivo para encadenar el toreo moderno. Al cumplirse tres cuartos de siglo del evento se reafirma ese valor simbólico. La continuación del hilo del toreo y la definitiva consecución de un sitio en el que progresivamente bucearían, abriendo otros caminos al oficio, diestros tan dispares como Manuel Benítez El Cordobés o Antonio Ordóñez. Precisamente, el pasado sábado se cumplía el aniversario de la alternativa del genial rondeño, que viene al hilo de la revolución manoletista. El 28 de junio de 1951 fue la fecha del doctorado madrileño de Antonio Ordóñez, que se acabaría convirtiendo en el siguiente eslabón de una larga cadena que se sumerge en los primeros balbuceos de la lidia a pie. Ordóñez recogería la base de la técnica manoletista para adobarla de una armonía reveladora que, desde entonces, entendemos por clasicismo. Pero la figura de Manolete trascendió ampliamente de estricto ámbito taurino, en la vida y en la muerte que le esperaba en Linares, sólo ocho años después de aquella alternativa sevillana. Ocho años que le bastan para hacerse un hueco en la mitología. La agonía del Califa cordobés –corneado por un toro de Miura en la tarde del 28 de agosto de 1947– está en la historia: Las primeras operaciones en la enfermería de la plaza hasta lograr estabilizarlo; el traslado angustioso al hospital de los Marqueses de Linares; las esperanzas de una evolución que nunca llegaría. Hasta el último cigarrillo y aquel fatídico plasma –eran otros tiempos para la hematología– que Giménez Guinea trajo desde Madrid y que fulminó al torero en muy pocos segundos. Manolete dejaba de existir en la madrugada del día 29. A la vez que El Pipo le cerraba los ojos se ponía fin a una etapa fundamental en la historia del toreo y se le daba puerta a toda época en la historia de un país que se despidió de la dura posguerra detrás del Buick azul de Manolete.

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