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Manolito el desobediente

Fui el único niño del colegio que nunca hizo los deberes. Lo digo con jactancia. No estaba de acuerdo. Exasperado por tener bajo su vigilancia a tan rebelde párvulo, don Miguel se sentó una mañana junto a mí en el pupitre y me preguntó: "Vamos a ver, Manolito, ¿por qué te niegas a hacer los deberes?"...

el 15 sep 2009 / 07:53 h.

Fui el único niño del colegio que nunca hizo los deberes. Lo digo con jactancia. No estaba de acuerdo. Exasperado por tener bajo su vigilancia a tan rebelde párvulo, don Miguel se sentó una mañana junto a mí en el pupitre y me preguntó: "Vamos a ver, Manolito, ¿por qué te niegas a hacer los deberes?", y le contesté: "Porque no estoy de acuerdo".

Me dijo que se lo razonara, y lo hice: "Después de estar seis horas en el colegio, cuando salgo, lo que menos me apetece es hacer lo mismo. En la formación de un niño es tan importante saber cuántos romanos mató Viriato, que dónde anidan los mochuelos, cuándo llegan los vencejos o por qué mueve la nariz el conejo. Saber eso me lleva mi tiempo", le solté, dejándolo patidifuso.

Lo mejor vino cuando me preguntó que por qué no creía en Dios. Lo hizo aprovechando que vino a visitarnos al colegio una especie de obispo carirredondo y tan blanco como la leche que mamó. "No creo en Dios -le dije-, porque no quiere nada con mi madre: lleva toda su vida suplicándole ayuda y no le hace ni puñetero caso". Me dijo que Dios tendría sus razones para ignorar sus ruegos. "Si Dios existe -le repliqué-, no tiene perdón de Dios". Alguien utilizó después esta frase.

Con 13 años de edad abandoné el colegio para trabajar de panadero en Coria del Río. "Serás toda la vida un pobre", me dijo el director de El Cerro de Coria, el día que fui a pedirle la cartilla escolar. Fue como si me dieran la carta de libertad. La cartilla resumía perfectamente lo que había sido mi paso por el colegio: una catástrofe; sólo aprobaba en Historia, porque me encantaban las batallas de Viriato contra los romanos.

Como llevaba un prosista dentro, en un examen pasé de la prueba y escribí un pequeño relato en mi libreta. Cuando el maestro me pidió el examen le di el cuaderno para que leyera el cuento, creyendo cándidamente que le iba a dar un alegrón. Tanto júbilo mostró que del sopapo que me dio me tiró del pupitre al suelo. Fue mi primer crítico literario.

¿Saben cuál era el epígrafe del relato? "¿Qué pondrán hoy para almorzar?".

Superados ya los cuarenta, siguen sin gustarme los deberes. Sigo siendo un niño, un desobediente sin fácil arreglo. Cada uno es cada uno.

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