Cultura

Manzanares contra los elementos

Lo había anunciado al lancear al tercero, un toromanso como casi toda la corrida del Ventorrillo al que Perera lanceó con autoridad, con dimensión de torero grande en los lances genuflexos con los que ya pudo comprobar que el astado, pese a su bondad, no andaba sobrado de bravura. (Foto: EFE).

el 15 sep 2009 / 02:54 h.

Lo había anunciado al lancear al tercero, un toromanso como casi toda la corrida del Ventorrillo al que Perera lanceó con autoridad, con dimensión de torero grande en los lances genuflexos con los que ya pudo comprobar que el astado, pese a su bondad, no andaba sobrado de bravura.

Así lo cantó en el caballo y en su trote por todo el ruedo para buscar una salida que sólo encontró en

la muleta del joven Perera, que reveló sumejor identidad torera en la segunda mitad de la pasada temporada y ha trocado su glacial quietud de los inicios en un toreo templado e ilusionante, de toreo líquido e inusitada y alegre firmeza que posiblemente aún no ha encontrado su techo.

Y así, hubo mucho toreo, excelsa suavidad en los ayudados por alto con los que inició esa faena que no

llegó a convertirse en triunfo por la dulzona mansedumbre del toro del Ventorrillo, que tomaba la muleta con bondad pero queriéndose marchar al campo. Pese a todo, mostró toda la filosofía de su tauromaquia en un circular invertido y lo toreó de cabo a rabo en una notable serie al natural, absolutamente circular, mientras su oponente se desentendía progresivamente de la pelea después de la sobredosis de aire ojedista que terminó de vencerlo.

No importó. Lo mejor estaba aún por llegar y al progresivo buen comportamiento del sexto de la tarde, el único que no mostró mansedumbre, Miguel Ángel Perera respondió con una faena que fue látigo y fue seda. Con un trasteo en el que el poder fue sucedido por la cadencia. Todos sabíamos ya de la definitiva madurez del diestro extremeño pero aún le quedaba demostrarlo en la Maestranza y lo hizo con una faena pletórica iniciada con un ajustado y doble pase cambiado al que sucedió un toreo de temple deslizante basado en la más pasmosa quietud, resuelto siempre en un palmo de terreno. Ya hubo cante grande en la primera serie, que fue relevada por otras de creciente acople, de emocionante intensidad, toreando siempre al ralentí. Se defendió el toro a mitad de faena y Perera le dio aire antes de que el trasteo iniciara una segunda parte en la que se vivió uno de esos momentos mágicos que sólo suceden en la Maestranza cuando, con la tarde vencida, adormecida en el primer crepúsculo y estrellada de vencejos, la saetilla de A ti Manué del pasodoble Dávila Miura ponía marco sonoro al templado y sedoso toreo al natural del mejor Perera, que aún apuró al toro en unos ayudados finales que pusieron firma a su gran obra. La estocada, un punto trasera, echó a tierra almorlaco. Para Perera era la subida a la gloria según Sevilla, la definitiva revelación en gran torero; de figurón en ciernes.

Pero hubo otro pasodoble para la emoción, ese Cielo Andaluz que, como el año pasado, arropó con el son de una guajira el arte luminoso ymediterráneo de José María Manzanares. El joven alicantino volvió a deslumbrar a la Maestranza toreando con todo el cuerpo, meciendo la cintura para trazar esos muletazos empacados, rabiosamente elegantes, ese toreo sinfónico que volvió a arrebatar a los tendidos. Labuena brega de Curro Javier ya había mostrado la buena condición del toro, que sin más preámbulos, casi sin probaturas, fue sacado a los medios por Manzanares para hacer crujir la plaza en varias series sobre el pitón derecho, citando con el pecho, llevando al toro con la armonía de los elegidos y elevando el toreo a verdadero Arte Mayor en sus muñecas de elegido.

Le costó algo más por el lado izquierdo, pero el toreo acabó brotando mientras la faena ganaba en una intensidad que se quebró cuando el astado, definitivamente derrotado, quiso abandonar la pelea. Aún hubo algunos muletazos con la planta erguida y chispazos en forma de trincherillas, trincherazos o de pecho que abrocharon el trasteo, que tuvo que culminar en los terrenos de chiqueros en los que se había refugiado el claudicante animal. Lástima que la estocada trasera y caída que le recetó alargara la agonía y enfriara un punto los ánimos. El premio de una oreja se habría multiplicado por dos. Con el manso y rajado quinto, que no servía para el toreo, abrevió sin someter al público a ese suplicio de faenas, tan en boga ahora, que no van a ninguna parte.

Pero la tarde se había abierto con la lección magistral dictada por un figurón del toreo. Sólo El Juli podía cortar esa orejaza al peligroso mulo que saltó al ruedo en primer lugar. Nadie le habría reprochado que tirara por la calle de en medio pero el maestromadrileño se jugó el pellejo y se arrimó como un perro sin descomponer el gesto con un toro que en la primera fase de la faena se había quedado corto y había esperado al torero con la cara por las nubes. No le importó y vertical como un poste, le arrancó una soberbia serie al natural que hizo crujir la plaza. Sin marcharse de la cuna, El Juli terminó de encelar al toro haciendo el péndulo, llevándolo por donde no quería hasta tumbarlo de un sensacional volapié.

Al cuarto, que rebañaba y cortaba el viaje, le paró los pies con autoridad de gran figura y lo echó abajo de otra gran estocada de la que rodó sin puntilla. No había importado la mansedumbre de la corrida. En el ruedo hubo tres figuras de verdad que rompieron la Feria en dos y sembraron de gran toreo la plaza

de la Maestranza. Fueron tres estilos, tres lenguajes diferentes que forjaron una gran tarde de toros

que llenó de felicidad a los espectadores. El listón se ha puesto alto. ¡Se lanza la Feria!

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