Toros

Manzanares, entre la forma y el fondo

Su ausencia voluntaria de la plaza de Sevilla –que lamentó en su fuero interno– pesó en el ánimo del matador, que vivió su temporada más discutida sin dejar de puntuar en la estadística.

el 23 nov 2014 / 12:00 h.

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No ha sido un año fácil para Manzanares; ni muchísimo menos. ¿Lo ha sido alguno? Dos acontecimientos de distinto calado pivotan la génesis y el ocaso de una temporada que el diestro alicantino logró sostener con enorme sentido de la profesionalidad. Los más escépticos podrían repasar una apabullante regularidad triunfal que sorprende al comparar las estadísticas de sus actuaciones, el eco de su toreo y la ferocidad de las críticas más despiadadas. Pero, más allá del sentido del deber y la profesionalidad –apoyados en sus crecientes y sofisticados resortes técnicos– se pudo ver que la forma y el fondo del Manzana no siempre fueron unidos delante de la cara de los toros. Jose Mari Manzanares. / J.M.Paisano Jose Mari Manzanares. / J.M.Paisano Algunas veces se pudo ver a un torero que mantenía la compostura y la incomparable carrocería de su puesta en escena más genuina. Pero esa brillante fachada con la que se ponía delante de los animales adolecía en muchas ocasiones de falta de alma; de auténtico pulso interior. En otras ocasiones también hizo uso de una aliviada geometría de los terrenos que hacía frotarse las manos de sus detractores. A los que han visto al gran Manzanares de otras tardes y otros años no les tenían que contar nada para saber que el techo del alicantino estaba mucho, muchísimo más alto: en valor, expresión y ambición. Ya lo había mostrado de sobra volando por encima de todo el toreo en aquella tarde gloriosa de Sevilla, en el San Miguel de 2012. ¿Qué pasó después? Manzanares tampoco lo había tenido fácil en la campaña 2013 que sí había concluido volviendo por sus mejores fueros en el faenón de Nimes. Quedaban muy poco tiempo para que aquel famoso almuerzo otoñal de Canorea y Valencia con la prensa de Sevilla abriera la caja de los truenos para verse envuelto en una guerra, la del G-5, que posiblemente no era la suya. En esa tesitura, la presente temporada comenzó haciendo de tripas corazón. Manzanares cumplió puntualmente el pacto sellado con sus compañeros de alzamiento a pesar de que el empeño no tenía nada que ver con él. La conjura de otoño incluía no torear en Sevilla bajo la contratación de los Pagés y el resto de la historia –incluyendo sus nefastas consecuencias para el desarrollo de la Feria de Sevilla– es más que sabido. El diestro alicantino se unió a El Juli y Perera en la emisión del correspondiente comunicado que fue fiel reflejo del carácter naturalmente conciliador del alicantino. Josemari quiso dejar a todo el mundo contento pero se enredó solo reconociendo que él nunca había recibido un trato inadecuado por parte de los responsables de la empresa de Sevilla. ¿Se había equivocado el alicantino? El primero en saberlo era él mismo. El diestro acusó la ausencia de la plaza que más y mejor le ha visto triunfar y guardó una especie de luto taurino renunciando a torear en el Domingo de Resurrección alternativo de Málaga. Tampoco quiso participar en la excursión a Aguascalientes que se recetó el resto de la tropa rebelde. Lo pasó mal esos días y lo arrastraría el resto del año. Pero había que seguir. El diestro alicantino había comenzado la campaña en Olivenza y el repaso estadístico alumbra muchas sorpresas: hubo tardes de tres orejas en Castellón, Valladolid, en el mano a mano de Jerez, en Granada, Nimes o Algeciras. En Roquetas de Mar cortó cuatro y siguió cosechando tres trofeos en El Puerto y Dax para volver a subir a cuatro orejas en la gran tarde de Sanlúcar de Barrameda. La lista de dos orejas cortadas en un mismo festejo se hace mucho más larga y no sale de la rueda del primer circuito: ahí están los dobles trofeos lucrados en Valencia, Alicante, Mont de Marsan, Huesca, Beziers, Gijón, Cuenca, Almería, Valladolid, Murcia y Nimes. Resumiendo: Manzanares ha sido el torero que más toros ha desorejado por partida doble en las plazas de primera. También ocupa la primera posición al contabilizar los trofeos sumados en cosos de primera y segunda. Para redondear este cuadro estadístico se puede recordar que ha cortado al menos una oreja en siete de las nueve corridas contratadas en plazas de primera categoría. ¿Qué pasa aquí entonces? Es verdad que el alicantino no ha encontrado la felicidad interior en la cara de los toros que alcanzó otros años. Eso se ve y se nota aunque se envuelva en corrección académica y en la responsabilidad profesional que le ha permitido navegar a toda vela en la estadística. Pero también es verdad que Manzanares se ha encontrado con una de las campañas a la contra –alentada desde todo tipo de tribunas y no pocas chimeneas– que buscaba el desgaste de su apoderado, Toño Matilla, a través de su torero. Cuando se juntaron las dos circunstancias anteriores se formó la marimorena. Uno de los caso más emblemáticos fue el de Madrid, pero sobre todo en el mano a mano con Morante dirimido en Bilbao que resumió como ningún otro el aire de su temporada. Manzanares se pasó lejísimos un boyante ejemplar de Cuvillo y enfadó al público. Tenían razón. Pero el mismo torero fue capaz de parecerse a sí mismo cuajando al sexto a la altura de sí mismo. El año le deparaba un final triste e inesperado: la muerte de su padre y maestro, el gran Manzanares, que le ha sumido en un profundo dolor. No es aventurado pensar que el ejemplo del padre volverá a sacar los mejores registros del hijo. Así fue a raíz de aquella retirada sevillana convertida en lección fraterna. Nadie duda ya de la vuelta del joven maestro alicantino a su Sevilla. Todos queremos volver a verle volar tan alto y tan bien como sabe.

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