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Márquetin y toros: el caso José Tomás

Empiezo por reconocer que mi antigua afición a los toros ha ido menguando en la misma medida en que la llamada fiesta nacional se ha ido espesando en términos comerciales. No es un tópico afirmar que para ver una buena corrida de todos hay que ir diez tardes, y a lo peor...

el 15 sep 2009 / 23:47 h.

Empiezo por reconocer que mi antigua afición a los toros ha ido menguando en la misma medida en que la llamada fiesta nacional se ha ido espesando en términos comerciales. No es un tópico afirmar que para ver una buena corrida de todos hay que ir diez tardes, y a lo peor ni por esas. Tengo algunos amigos a los que les sucede lo mismo. Las plazas no se llenan como antes, ni siquiera las ferias arrastran a tanta gente como cuando yo iba cogido de la mano de mi padre, de quien heredé el gusto por el arte de torear.

Sin embargo, como en tantas otras facetas de nuestro tiempo, en el planeta de los toros se crean mitos en torno a determinadas figuras, como es el caso de José Tomás. Lo he visto media docena de veces y, sinceramente, no he tenido suerte, acaso porque es un torero que solo pone toda la carne en el asador en contadas ocasiones, cuando sabe, y lo sabe bien, qué público y qué plazas van a contribuir a seguir alimentando esa leyenda que lo aureola como el número uno.

José Tomás es, en efecto, un lidiador excepcional: no hay aficionado que lo haya visto en una de esas ya legendarias tardes de Madrid o Barcelona que no se haga lenguas de su maestría y de sus excelsa condición de artista. Y esta es precisamente la más apreciable de sus características como torero, porque la otra es sencillamente antitaurina e incluso antihumana. Me refiero a esa imagen que todos tenemos en la retina de José Tomás sangrando, hecho un ecce homo, vapuleado en los mismísimos cuernos de su enemigo, medio desvestido y roto por la paliza y renunciando a ser conducido a la enfermería como manda el sentido común.

A los buenos aficionados no nos gusta ese espectáculo. Hablo por mí: yo no voy a los toros a ver como un torero se deja matar. Muy al contrario, disfruto con el arte, con la espada que arriesga pero sin jugarse la vida a cada suspiro, porque la técnica y su preparación son precisamente para evitar la cornada mortal y no para provocarla como suele ser la norma del de Galapagar.

Los consejeros áulicos y el márquetin han debido seducir a José Tomás, envuelto en una nebulosa de misterio y de desprecio por la vida, en la que se ha instalado para regocijo de sus seguidores y de la que no conseguirá bajarse sin riesgo de acabar con el mito, sin el cual no podría hacerse rico en temporadas tan cortas y, como decía más arriba, tan limitadas a tardes verdaderamente triunfales. Que se lo digan si no a los que el verano pasado pagaron barbaridades por verlo en El Puerto. El mundo de los toros es el resto más genuino de la picaresca española.

Y una nota final: yo tampoco le hubiese dado la medalla de oro de las Bellas Artes a Francisco Rivera Ordóñez. Pero que se sepa ni García Márquez ni José Saramago, por poner ejemplos cercanos, devolvieron la suya del Nobel porque se la otorgasen años después a la estrambótica austriaca Elfriede Jelinek. No seamos ingenuos: el asesor de márquetin de José Tomás ha querido calentarle la taquilla en un año en que tantas otras noticias estaban haciendo que se hablara poco de él.

Periodista

gimenezaleman@gmail.com

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