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Marruecos en sus manos

Cuando algo tan sencillo como una muestra artesana eleva el alma, es que ni es algo tan sencillo ni es sólo artesanía. En la Cartuja han puesto un mundo. Visítelo.

el 12 oct 2011 / 18:52 h.

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El sonriente Mohamed El Kanchouf, profesor de artesanos de Tetuán, tiene colgada en la pared, a sus espaldas (entre otros cachivaches de su puesto), una rejilla negra de hierro del tamaño de una mano. Es tan pequeña que parece forjada para cerrar bellísimamente un parque en un mundo diminuto y fabuloso. Pero lo que nadie sabe, y menos que nadie el propio Mohamed (estas cosas no se saben hasta que se pierden), es que eso que tiene tras de sí es, realmente, un universo. Porque esa reja, hecha por sus manos, golpecito a golpecito de cincel sobre un dibujo inventado por él mismo, traía pensada con ella la puerta que en la que había de enmarcarse. Una puerta que permitiera a un rostro asomarse cuando alguien hiciera sonar la aldaba (que también está allí, inmensa y preciosa). Y la puerta trae imaginada con ella, como es natural, la casa a la que permite entrar y salir, porque sólo en ciertas casas es posible fantasear con esa rejilla y con unos ojos negros rodeados de colores, aromas y destellos, mirando a ver quién ha venido. Y esa casa, junto con otras de su especie, inventan la calle que ocupan. Y la calle es el pueblo, y el pueblo se une con otros y es el mundo. Y ese tipo de mundo (susceptible de ser creado a partir de una reja con un martillo y un cincel, sin contar las horas, en el taller de un señor con chilaba, aquel tipo de mundo del que renegó Occidente con la desdeñosa vergüenza con que un adolescente reniega de sus mayores ante su pandilla) es el que ahora ha vuelto como un extranjero para mostrarse aquí mismo, en la Cartuja. Lo hace no ya como una simple exposición de artesanía marroquí, sino como una llamada de la sangre imposible de seguir para la mayoría; como una invitación a la redención, a volver al ser; como un grito de las propias entrañas. Por eso, sin que uno sepa explicar por qué, el hecho de recorrerla es un ejercicio de melancolía. Y por eso se va uno de allí tan triste.

Las expresiones. Las sonrisas: no se las pierda. Sonrisas de esas no hay aquí. Son sonrisas artesanas. Frente al hombre que forja la reja que crea la mirilla que talla la puerta que construye la casa que forma el pueblo y que crea un universo, y todo eso con una expresión de felicidad sin deudas, el muchacho Nawfal El Harouni enmarca espejos en colores deliciosos. Mírenle la cara y digan de corazón si hay algo transgénico, industrial, en su rostro limpio y noble. No es que falten los resabiados, pero hasta los que hay allí, suponiendo que lo sean, son resabiados inocentes de un mundo hecho con cincel y sin contar las horas. La gente, que cree que Marruecos es el té, hace cola ante la bandeja en vez de hacerla ante los gestos y las conversaciones en árabe, que resultan estar enmarcadas también en maderas de colores alegrísimos pintadas a mano. Un señor con bigote habla con su compañero usando toda la escala tonal (no sólo de sonidos; también de emociones). Algo tremendo e insólito. De pronto dice algo muy bajito que suena como a arenilla cayendo de las manos y se entiende, sin entenderlo, que está hablando de alguien a quien quiere mucho.Esto es, con asombrosa diferencia, lo mejor de la II Muestra de Artesanía Marroquí en la Fundación Tres Culturas. Y luego, claro, están los puestos que la decoran con su sabiduría. Las mujeres corren a que les hagan dibujos con henna en el dorso de sus manos y luego se pasean todas por allí con el brazo en alto, hasta que se les seque, de tenderete en tenderete. Un paseo que reúne los candelabros, las rejas, los revisteros de Mohamed; y los espadines, los faroles y los espejos de Nawfal; y al fondo, deslumbrantes de arte, los azulejos y su historia. Un recorrido con forma de alfanje donde conviven las manufacturas de la seda y el algodón, los caftanes, las cestas de mimbre, las pulseras de plata allí mismo talladas, las cortinas, los platos vidriados, los bolsos y los flecos. Un paseo lleno de música y de verdades de las buenas, de postiguillos imaginarios enrejados por los que se asoma un mundo que llama sin ser oído. Eso que aquí se llama celosía.

De utilidad:

Qué: II Muestra de Artesanía Marroquí.
Dónde: Fundación Tres Culturas, Pabellón de Marruecos. C/ Max Planck, 2, Isla de la Cartuja.
Cuándo: Hasta el domingo inclusive, en horario de 10 a 14 y de 18 a 20 horas.
Cuánto: Es gratis. Entrada libre.
Cómo: Una quincena de expositores de artesanía. Se admiten compras.

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