Cultura

Más allá de Moliere

Obra: El Misántropo. Lugar: Teatro Central, 31 de enero. Compañía: Kamikaze Producciones. Versión y Dirección: Miguel del Arco. Intérpretes: Israel Elejalde, Raúl Prieto, Cristóbal Suárez, Bárbara Lennie, José Luis Martínez, Miriam Montilla, Manuela Paso. Voz tema musical: Miguel Etxeandía. Música original: Arnau Vilá. Calificación: ****

el 02 feb 2014 / 13:19 h.

            Una de los rasgos característicos de la comedia de Moliere es su feroz crítica a la hipocresía y la vanidad que reinaba entre la clase dominante de la Francia de su época. Por desgracia dicha crítica puede extrapolarse con facilidad a nuestra sociedad actual. Es lo que nos propone Miguel del Arco con esta nueva propuesta de su compañía teatral KamiKaze Producciones, para la que el teatro no puede ser otra cosa que un trabajo colectivo. Tal vez por eso esta nueva propuesta destaca por situar al protagonista solo contra el resto de los personajes, quienes a pesar de contar con una escena que distingue a cada uno como un ser individual, se pasan la obra inmersos en la vorágine del grupo. Así, a pesar de que nos encontramos con una versión más que libre con respecto al original, podría decirse que este montaje logra transmitir el espíritu de la obra de Moliere, esto es, que no se puede mantener un status social elevado sin renunciar a la verdad y la honestidad. Aunque podría decirse que Del Arco va más allá, demostrando que al defender la verdad de una forma radical y absoluta se corre el riesgo de ser cruel y vanidoso. Y es que, a fuerza de reivindicar  sinceridad y lealtad, el misántropo acaba siendo soberbio, despiadado y un tanto machista en cuanto al amor se refiere. La puesta en escena, fiel al espíritu de los otros montajes de esta compañía, gira en torno al texto que respeta el valor poético del original con el añadido de una buena dosis de retórica, quizás demasiada. No obstante, lejos de ser una mera representación naturalista, la dirección se sirve de un lenguaje propio del teatro contemporáneo. La escenografía adquiere un valor simbólico situando a los personajes en la parte de atrás de una sala de fiestas, un espacio de trastienda del que el director se sirve para llevar a cabo un curioso juego de fuera de plano que nos indica que el lugar principal no es el que vemos, sino el que se insinúa cada vez que se abre la puerta por donde van y vienen continuamente los personajes. Los audiovisuales completan las escenas con imágenes hermosas e impactantes. El ritmo es vertiginoso, quizás demasiado al principio, aunque un tanto irregular, debido a la generosidad del texto. En ese sentido no se entiende la excesiva duración de algunas escenas que, como las del principio, solo sirven para presentar a los personajes. No obstante, la irregularidad del ritmo se salva gracias a la magnífica labor actoral de todos y cada uno de los intérpretes, quienes colman de organicidad y verosimilitud a sus personajes, a pesar de su carácter intemporal. Cabe destacar a Israel Elejalde, quien dibuja un papel tan complejo que es capaz de conseguir complicidad y rechazo a un tiempo.

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