Cultura

Más confusión que fusión

Lugar: Teatro Alameda, 26 de septiembre. Obra: Flamencolandia. Compañía: Anabel Veloso. Guión: Enrique Linera. Coreografía: Anabel Veloso, Alberto Ruíz, Rubén Olmo y Jesús Carmona. Músicos: Sergio Monroy, Diego Villegas, Israel ‘Katumba’ y Javier Patino. Cante: Naique Ponce. Baile: Anabel Veloso y Alberto Ruiz. Calificación: **

el 27 sep 2014 / 13:27 h.

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Un malvado villano se ha llevado a los bailaores flamencos para fusionen su baile con danzas de otras tierras, con el objeto de hacer así desaparecer al arte flamenco. Es el punto de partida de este espectáculo que pretende acercar a los niños las claves del flamenco, aunque lo consigue solo a medias. Y es que, siguiendo la historia inicial, Anabel Veloso y Alberto Ruíz recrean una serie de bailes que, en la línea del baile flamenco actual,  incorporan pasos, figuras y movimientos de otras disciplinas, como el ballet o las danzas populares rusas y africanas. Pero si previamente el público infantil asistente no conoce las claves del flamenco, difícilmente va a ser capaz de reconocer las diferencias, sobre todo si la imagen que les llega es la de un hombre y una mujer que bailan vestidos de indios o de cubanos de otra época. Por otra parte la dramaturgia tampoco les aclara demasiado al respecto, ya que se centra en resolver el secuestro y para ello convierte en protagonistas a los músicos y la cantaora, a los que suma el personaje de un productor que encarna un actor profesional cuyo trabajo no resulta nada convincente. Aunque interpretados con frescura, los diálogos entre ellos se limitan a describir las características de los diferentes lugares a los que se dirigen de una forma bastante simple y ramplona. Así, su aventura se ve reducida a entrar en una especie de nave y dejarse llevar de un sitio a otro, dando lugar a los diferentes números de baile. Por fortuna la puesta en escena despliega un espacio escénico sugerente y fantasioso. La escenografía de Eduardo Moreno juega con las gasas ilustradas por Antonio Lorente y recrea los diferentes ámbitos y lugares con sutileza y eficacia; la iluminación de Pau Fullana incide en el carácter alegre del relato;  el vestuario resulta tan exquisito como adecuado y los músicos nos sorprenden asumiendo con naturalidad sus personajes. Aunque lo que más destaca es su música, interpretada en directo con todo lujo de matices. Lástima que la cantaora, que borda su papel de actriz, no muestre demasiado dominio de las claves del cante. Todo lo contrario que Anabel y Alberto, quienes interpretan sus bailes con maestría y prestancia.

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