Cultura

Más de dos horas y media de irremediable aburrimiento

el 09 may 2010 / 20:48 h.

Paco Chávez, que abrió el cartel, terminó por impacientar al respetable.

La desbandada que clareó los tendidos antes de que doblara el quinto de la larguísima tarde dibujó el mejor diagnóstico de un espectáculo que no fue tal. Seis novillos fueron picados, banderilleados y muertos a estoque pero por allí no se vió, ni por asomo, el más mínimo retazo de toreo. En medio de una desesperante sucesión de tiempos muertos que tan bien y pronto aprenden los aspirantes a toreros de hoy, la novillada transcurrió entre bostezos a veces y, siempre, enhebrada en la irritación que produce contemplar a tres debutantes sin el más mínimo recurso para sacar partido de las reses que tuvieron enfrente.


La seria novillada que se trajo Ortega Cano de los cerrados serranos de Castilblanco de los Arroyos no terminó de romper, es verdad, pero allí hubo material para andar de otra forma y otro gallo hubiera cantado si no se asesina alevosamente en el caballo a algún ejemplar que, como el cuarto, prometía un juego mucho más completo. Ése fue sólo uno de los ingredientes del retablo de despropósitos que jalonaron una novillada que abre un gran interrogante: ¿Qué pintaban esas tres calamidades haciendo el paseíllo en la Maestranza?


Abría el cartel un tal Paco Chaves, un chico ya mayor y de extraña e histriónica puesta en escena que acabó impacientando al personal después de andar a la deriva con el primero de la tarde y dejar que masacraran en varas al bravo cuarto, que salió comiéndose los capotes para aplomarse en la muleta mientras el muchacho acababa con la paciencia de la parroquia. Alguien le debió decir que en Sevilla hay que hacer las cosas despacio y se lo tomó tan al pie de la letra hasta aburrir a las ovejas por su catálogo de pausas y tiempos vacíos.


De segundo plato, nos atragantamos con el francés Patrick Oliver. Con el motor gripado y sin acertar a pisar nunca el sitio de torear, dejó ir al noble y más que posible segundo, que le alcanzó en una fuerte voltereta por andar gravitando siempre en las afueras. Con el manso y bronco quinto, el novillero galo anduvo como el niño perdido en el templo mientras se sucedían los mantazos de un deslavazado trasteo que no puede llamarse faena.


Antonio Rosales, el tercero en discordia, dejó escapar al importante sexto después de no pasar de ratonero con el brutillo tercero. Pero ese último era un novillo hondo, serio y cuajado que pedía firmeza y trazo rotundo. Al chico le costaba un mundo quedarse en la cara y volvió a mostrar que muchos son los llamados...

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