Cofradías

Más ganas de calle que miedo al cielo

La hermandad quería desquitarse tras el chasco de 2012. La lluvia respetó la salida y la travesía por María Luisa, pero frustró la Carrera Oficial.

el 24 mar 2013 / 22:18 h.

La Paz durante su estación de penitencia. J.M. Paisano (Atese) La Paz durante su estación de penitencia. J.M. Paisano (Atese) Parroquia de San Sebastián. Mediodía. Nadie quería preguntar. Había demasiadas ansias por salir después de dos años esperando para realizar estación de penitencia. Otros 12 meses habrían sido insoportables. Cancelar la salida del Señor de la Victoria y la Virgen de La Paz habría generado otra dolorosa frustración tras el mal trago del año pasado. Más aún viendo cómo el sol brillaba en lo alto, venciendo a las grises nubes que iban deslizándose bajo el cielo, recortado por el perfil marcial del Porvenir.  Pasaban los minutos y nadie quería oír hablar de los pronósticos meteorológicos, que ya alertaban de que el tiempo iría a peor. A medida que se acercaba la hora de salida, el alborozo en el interior del templo y en sus jardines iba a más. Una voz anunciaba por megafonía la última llamada para acudir a los confesionarios. Los músicos se colocaban. Los nazarenos se desprendían de sus identidades tras los antifaces. “Este año sí salimos”, comentaba un padre a sus hijos. Miradas furtivas al paso de misterio, a la entrada de la capilla, y más atentas al de palio, cuya nívea elegancia, presidiendo la nave, se disputaba la atención de los hermanos con la túnica bordada de Nuestro Señor de la Victoria, cuyo estreno frustró la lluvia el pasado año. Al fin se luciría esta Semana Santa, roja, como los claveles que decoraban el paso, y algo más recortada de lo acostumbrado, lo que permitía descubrir la fisonomía de la talla de Antonio Illanes. No era aún la una cuando los legionarios del Porvenir estaban ya dispuestos bajo el paso de misterio. Los nazarenos, repartidos por tramos. De repente, la orden, y la cruz de guía ya estaba en la calle. Arrancaba oficialmente la Semana Santa. Este año sí. El capataz mandó a los costaleros y, a golpe de llamador, el Cristo ya enfilaba hacia la calle Río de la Plata, donde aguardaba el escuadrón a caballo de la hermandad de la Paz abriendo el cortejo, y la agrupación musical Nuestra Señora de la Encarnación. Todo iba muy deprisa. Se rumoreaba que de 17 a 19 horas el riesgo  de lluvias iría a más, por lo que se quería adelantar la llegada a Carrera Oficial. En el interior del templo, una saeta del costalero Miguel Ángel Ordóñez despedía a la Virgen, que tras cruzar bajo el dintel fue abrazada por un espectacular sol de primavera y por una intensa lluvia de pétalos blancos y amarillos. Aplausos y lágrimas entre los vecinos del barrio mientras el palio se mecía con los sones de La marcha de la Virgen de la Paz. El Domingo de Ramos recuperaba plenitud. Nada hacía presagiar cómo acabaría la tarde. Al menos el cielo respetó su travesía por el Parque de María Luisa, frente a la Plaza de España, donde la escultura de Aníbal González (de espaldas a la procesión) se estrenaba como improvisada grada. Todo iba bien, pero a eso de las cuatro y media, llegando ya al Ayuntamiento, el cielo rompió en un aguacero débil, pero persistente. El esplendor se tornó en esperpento. La reluciente túnica del Cristo quedó oculta bajo un impermeable verde, que resguardó a la talla hasta que pudo guarecerse bajo el arquillo del Consistorio. La Virgen se refugió en el Arco del Postigo. Allí aguantaron el chaparrón, hasta que un claro les permitió marchar a la Catedral, donde permanecieron hasta que, a eso de las 20.30 horas, abandonaban la seo sevillana, arropada por miles de fieles, rumbo a San Sebastián. Otro año más de húmedo castigo.

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