Cultura

Más que la escultura de una hoguera, es candela viva

El crítico tiene que ser objetivo, se ha dicho siempre. ¡Menuda estulticia! No puedo serlo aunque quiera porque me gusta todo de ella, de María Pagés, su talento, su elegancia, su actitud ante el arte y la vida, su concepción del baile andaluz, gitano o flamenco.

el 15 sep 2009 / 15:51 h.

El crítico tiene que ser objetivo, se ha dicho siempre. ¡Menuda estulticia! No puedo serlo aunque quiera porque me gusta todo de ella, de María Pagés, su talento, su elegancia, su actitud ante el arte y la vida, su concepción del baile andaluz, gitano o flamenco, su manera de montar los espectáculos, que parece que estás en un mundo donde todo es mágio, su forma de cimbrear el cuerpo cuando baila, que es algo que se está perdiendo con tantos cuerpos atléticos o rechonchos en el baile.

Si el de Pastora Imperio era la escultura de una hoguera, el de María es la candela en llamas vivas, además de la hoguera; eso me pareció la soleá con la que comenzó a ponernos la piel de gallina, una soleá como sacada de las últimas habitaciones del alma, como bailada para ella sola. Tuvimos la suerte anoche de ver bailar a la Pagés más intimista, a la María más auténtica, a aquella niña que desde muy niña, cuando hacía pareja con su hermano Tomás, soñaba ya con despojar de chabacanería al baile sevillano para dárnoslo como nos lo dio anoche junto al río: bañado en oro puro, como ofrecido en una ceremonia medieval.

La soleá, las tonás y las alegrías nos trajeron a la María más flamenca, la que sabe colocarse, levantar los brazos, danzar las falsetas de las guitarras y refregarse el cante por la piel hasta enrojecerla.

En la farruca, en cambio, se le fue la inspiración aunque le dio a este baile tan masculino una femineidad extraordinaria, quizá como preámbulo a su coqueteo con el espejo que la seguía por todo el proscenio y eso tan bonito que le hace a la voz en off del portugués Saramago, que ha dicho que el aire ni la tierra son iguales de que María Pagés haya bailado.

Y es que el Nobel no la vio anoche cantar y bailar los tanguillos de Cádiz, con un arte que desautoriza a quienes alguna vez han dicho que María es sosa y fría.

Será cuando canta y baila en el cuarto de baño, porque anoche hubiera puesto de los nervios a la mismísima Macarrona la de Jerez. ¡Y eso que bailó y cantó por Cádiz en bata de andar por los hoteles! Y como por arte de magia, de la fiesta gaditana se pasó a la poesía de Miguel Hernández, al a Nana de la cebolla, para mostrarnos de nuevo su fantástico cuerpo y demostrarnos que es algo ás que una bailaora de flamenco, que no es poco.

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