Cofradías

Más Rocío que nunca en calle Santiago

Un cortejo que más que años parece cumplir siglos por la madurez de sus nazarenos. Por eso, las puertas de Santiago se abrían minutos antes de los esperado

el 14 abr 2014 / 22:54 h.

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Hermandad de la Redención FOTO:J.M.PAISANO Hermandad de la Redención FOTO:J.M.PAISANO No habían pasado ni siquiera 24 horas desde que las puertas de Santiago se cerraban tras el palio de la Virgen de Gracia y Esperanza. Menos de un día y volvieron a abrirse. Esta vez, como de costumbre, para dejar paso a un joven cortejo de blancas túnicas de cola que parece cumplir siglos en vez de años por la madurez de sus nazarenos y el buen hacer de una cofradía que, por volumen de sus tramos –cada año más amplios y numerosos– bien podría reclamar al Consejo un aumento del tiempo de paso por Carrera Oficial. De momento ayer, conscientes de la necesaria solidaridad de todas las hermandades para que nada fallara en la jornada, las puertas de la iglesia de Santiago se abrían minutos antes de la hora prevista (15 horas ) para que comenzaran a salir los primeros tramos de nazarenos. Lo hacían con celeridad, de tres en tres, conscientes de que lo andao es lo ganao. Pasaban los tramos y con ellos se iban encendiendo poco a poco las emociones en la Plaza de Jesús de la Redención. Por esa hora, poco después de las tres de la tarde, el sol ya había ganado la partida al cielo plomizo con el que despertó el Lunes Santo. El dorado le ganó la partida al gris, como el verde al morado en los antifaces de los nazarenos del paso de palio. En el interior del templo, la banda de Las Nieves de Olivares recurría a un clásico como Hermanos Costaleros, del maestro Abel Moreno, para acompañar la primera chicotá de los costaleros de Carlos Yruela. La música perfumaba el interior de Santiago. También lo hacía el cuidado exorno floral del palio de la Virgen del Rocío, con el que la cofradía quería homenajear el bicentenario de la hermandad del Rocío de Triana. Como en la salve trianera había mata de romero, lirio marismeño –blanco, eso sí–, ramo de jazmín, azucenas de Triana, tallo de albahaca, rosa y alhelí. Bonito detalle de la hermandad que contemplaba desde la delantera del palio el presidente de la Matriz de Almonte, Juan Ignacio Reales, que asistía a la salida de la corporación de la calle Santiago. Era lunes, no de Pentecostés sino de Redención, pero había mucha marisma en todo lo que rodeaba al paso de la Virgen. Sólo bastó que los varales delanteros del palio cruzaran el segundo dintel del templo para que un chaparrón de aplausos escenificaran la emoción desbordada de la tarde. Salía la Virgen, bellísimamente engalanada con un manto verde liso que decía adiós en esta tarde del Lunes Santo. Será en 2015 cuando veamos a la dolorosa con el nuevo manto bordado que ya ejecutan en los talleres de Santa Bárbara. Con la mente imaginando bordados en la trasera del palio de Redención, la Virgen roneaba por su plaza, sabiéndose epicentro de los rezos y oraciones de aquellos que colgaban el cartel de no hay billetes en los alrededores del templo. La plaza rebosaba algarabía, júbilo y lágrimas en las primeras chicotás del paso, ya con el sol brillando sobre el dorado de sus bambalinas. Hasta que se hizo el silencio. Golpe seco del llamador y cuatro zancos sobre el suelo que presagiaban la llegada de un instante único, de esos que marcan para siempre el recuerdo de una Semana Santa. Asomado a un balcón, asido con corazón a la forja de su reja, un lamento en forma de oración cantada salía de la garganta de Alex Ortiz. Sólo su voz sonaba en la plaza. Nada más. Ni el murmullo, ni la música, ni las bambalinas. Sólo su voz, la Virgen y un ahnelo del saetero: ser costalero de la Virgen del Rocío. Terminada su oración, el palio se iba al cielo entre las flores que caían en forma de petalada desde una de las azoteas de la calle. No era la única muestra de cariño que recbía la dolorosa, que en su pecho lucía una cruz pectoral de estreno que había sido donada por un amplio grupo de hermanos y devotos. El capaz mandaba de frente mientras sonaba Rocío de Santiago, con notas que en el arranque versionaban la Salve del Olé, universal alabanza a la Virgen marismeña. Se marchaba la dolorosa, pero quedaba el recuerdo de todo lo que se había vivido hacía tan sólo unos intantes en ese rincón de la gloria en el que se convierte la Plaza Jesús de la Redención en la tarde del Lunes Santo. Así se fue la Virgen, con la misma emoción desbordada que lo hizo el paso de misterio sólo unos minutos antes. Por aquel entonces, un pregón de trompetas, cornetas y trombones derrochaban alabanzas al Señor de la Redención. Salían del corazón de los músicos de su banda que, a pesar de haberse estrenado en la vísperas, se sabían en el instante más importante de su Semana Santa. Quizás por eso se veían lágrimas en los ojos de sus músicos, como también entre el público, entre aquellos que desde primera hora del día buscaban el sitio de excepción de la primera fila tras la valla. Sereno avanzaba el Señor, de blanco pureza, como esas túnicas blancas de cola que abrían el cortejo de la cofradía. Otro Lunes Santo, y van ya más de cincuenta, el milagro de las tres de la tarde volvía a cobrar sentido en Santiago. Rocío del Cielo, se leía en el paso de palio. Un cielo azul de Domingo de Ramos que quiso quedarse también para descubrir la Redención de cada mediodía de Lunes Santo.

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