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Me niego

Por Juan Carlos Blanco, periodista.

el 06 nov 2013 / 22:45 h.

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Imagen juan carlos blanco trazadoPor Juan Carlos Blanco Me resisto a echar una sola lágrima por El Correo de Andalucía. Eso lo reservo para los funerales. Y esto que están leyendo no lo es, así que absténganse de seguir con la lectura de este artículo quienes estén esperando un epitafio emocionado o una necrológica dulzona.  Lo siento, pero me niego. O mejor dicho, nos negamos. Nos negamos los que un día nos fuimos de allí y,  ante todo, se niega ese puñado enorme de hombres y mujeres rebelados que sigue dándole a los teclados y que ha decidido que con su dignidad personal y periodística no se juega. No, no y no. No me engaño. Por mucho que el cardenal Spínola resucite en las redes para alentar con fuerza y ánimo a la parroquia del decano, este periódico que se ha merendado ya tres siglos vive sus horas más inciertas. Lo sabemos todos, así que me voy a ahorrar más explicaciones de las precisas. Una operación de venta validada por el Grupo Gallardo por un simple euro ha dejado a las 53 familias que viven del periódico en un limbo jurídico que invita al peor de los desasosiegos y amenaza con abrir la puerta al fin de casi 115 años de conversación diaria con los lectores de Sevilla y de Andalucía a través de sus páginas. No caben edulcorantes. No los hay. Si los hubiera, no tendrían ante ustedes una edición de periódico tan especial como la que tienen entre sus manos, mis compañeros no estarían encerrados en una redacción ni cumpliríamos tres días de una huelga que les aleja de los quioscos. Pero hay razones para abatir tanta desazón y amargura y para confiar en una salida a una crisis pavorosa que está carcomiendo por dentro todos los periódicos de papel. Algunos profetas del apocalipsis llevan anunciando plagas milenarias sobre el decano desde que se imprimieron sus primeras planchas. Y puede que algún día terminen acertando, pero les aseguro que ese día no tiene porqué ser éste. El Correo de Andalucía no es un periódico añejo que se baña en naftalina, narcotizado por la nostalgia mientras que el mundo que conoció se desmorona a su alrededor. Ha aceptado el reto de una transformación tecnológica cuyo impacto es similar al de la invención de la imprenta y lo asume como propio. Vean su web, acérquense por sus páginas en twitter o en Facebook y díganme si es verdad o no lo que les digo. Gracias a eso, esta familia de El Correo ha crecido y tiene todavía detrás a esa nación hablándose a sí misma de la que hablaba Arthur Miller cuando quiso definir qué era un periódico. Tiene a Sevilla y tiene a Andalucía. Pero, sobre todo, les tiene a ustedes. A esos lectores que antes mandaban cartas al director y ahora comparten las noticias en las redes sociales aportándoles un valor que algún día llegaremos a hacer rentable. ¿Qué le falta entonces? Seré lo más directo que pueda. Iria Comesaña lo decía el lunes en la concentración de la Plaza Nueva y no puedo más que corroborar sus palabras: le falta una empresa solvente y razonable que sepa acompañarla en estos momentos donde el periodismo no encuentra más que dudas y miedos donde antes había certezas. Yo estoy seguro de que lo encontrará. Y pido públicamente a quien corresponda que haga todo lo que esté en su mano para que se le allane el camino. No nos estamos jugando un simple periódico. Nos estamos jugando la vida de unas familias y también un trozo de la historia de Sevilla. Y eso merece un respeto.

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