Cofradías

"¿Me pone 47.000 torrijas, por favor?"

el 04 abr 2012 / 21:00 h.

  • Las cofradías se pueden ver en medio de la bulla, pero también tranquilamente sentados en un velador disfrutando de unos dulces que sólo existen siete semanas al año: torrijas y pestiños, que reaparecen cada Cuaresma para perdurar hasta el Domingo de Resurrección. De ambos disfrutaba ayer María del Carmen González, vecina de la capital, en una mesa de la plaza de San Lorenzo con vistas a los pasos del Buen Fin. "Vengo con mi madre, que tiene 90 años y no puede verlos de otra forma", explicaba la mujer, ante una bandeja de cada una de estas especialidades típicas de Semana Santa, compradas en el cercano Horno San Lorenzo. "Están buenos", admitía la mujer, que no los hace en su casa "porque somos pocos y no merece la pena".

    Sí le compensa a la confitería La Campana, que vende una media de mil torrijas diarias "de Miércoles de Ceniza a Domingo de Resurrección", esto es, unas 47.000 torrijas "hechas de forma artesanal, empapadas en agua con vino y sal, fritas al día siguiente, pasadas por un jarabe de agua y azúcar y cubiertas con miel", según Borja Hernández, cuarta generación de la familia propietaria del obrador. Cada torrija cuesta 2,5 euros, sobre todo por el tiempo que requiere hacerlas, y el secreto por el que muchos las señalan como las mejores de Sevilla es "el pan abizcochado, que hacemos nosotros". Los pestiños van algo por detrás, con unos 800 vendidos al día, a 2 euros. "Los que comemos en casa los traemos de aquí", asegura Hermoso, que este año ha notado menos ventas por la lluvia: "Cuando no sale alguna nos viene hasta bien, egoístamente, porque la gente aprovecha el parón para comprar. Pero si no sale ninguna no viene nadie. Calle mojada, cajón seco", resume.

    A pocos metros, pero alejadas del mundanal ruido, las clarisas de Santa Inés también aprovechan el tirón de la Semana Santa con más de 4.600 pestiños a la semana, a 11 euros la docena, lo que los convierte en el más caro de sus productos. "Llevan muchísimo trabajo y productos de calidad, especias que son caras", explica a través del torno de la clausura Sor María Rebeca. Ocho monjas pasan la jornada haciendo dulces, que sólo se venden en el convento de la calle Doña María Coronel, porque "casi no damos abasto para atender a los sevillanos, así que no nos planteamos vender de otro modo", asegura la religiosa, mientras despacha a la interminable fila de devotos del dulce que no dejan de pedir magdalenas, bollos y torrijas. Es la época fuerte, con la Navidad, cuando el convento se llena de "buenas personas que nos ayudan", ya que es una de sus fuentes de ingresos. Amparo y María José no se dejan tentar por los dulces de temporada y compraron magdalenas, pero que Pedro, que acude al convento todo el año, sí se lleva además unos pestiños. "En mi casa se hacían pero ya no se hacen, así que los compro. Estos son distintos, pero también están muy buenos".

    Tampoco deben de ser malos los del horno San Bruno, en la calle Feria, donde a poco de salir el Carmen Doloroso a la gente se le antojaban torrijas. "Se llevan mucho más las hechas que el pan para hacerlas", dice José Jesús Galindo. De las 700 docenas que venden cada Semana Santa, muchas van para la hermandad de la Macarena, a la que el obrador sirve "un surtido" para el ensayo de costaleros y para la Madrugá.

    Los alrededores de Carrera Oficial, sin embargo, no estaban para dulces. La marabunta cofrade que se había apropiado de las privilegiadas mesas del Spala, en el Duque, apenas pedía refrescos. "Aquí hay mucho turista, porque tenemos tres hoteles cerca, y muchos se dejan aconsejar y si le ofrecen torrijas las prueban. Y a veces hasta repiten", cuenta Manolo Gómez. Pero este año, lluvia y crisis pasan factura: "Vienen ocho y consumen tres. Tengo el salón lleno y hago una caja mísera", se lamenta el encargado.

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