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Memoria de los años

El año ha transcurrido como un tren que hubiera pasado por fuera de nosotros. A lo largo de estos doce meses seguro que nos habremos sumergido muchas veces en la masa de los grandes almacenes, en la multitud relajada de la playa, en el entretenimiento general de un programa de...

el 15 sep 2009 / 20:33 h.

El año ha transcurrido como un tren que hubiera pasado por fuera de nosotros. A lo largo de estos doce meses seguro que nos habremos sumergido muchas veces en la masa de los grandes almacenes, en la multitud relajada de la playa, en el entretenimiento general de un programa de televisión pero, con el correr del tiempo, no será eso lo que marque los centímetros de la medida del tiempo. Junto a todo eso, el año habrá ido depositando en nuestro interior la marca de sus estaciones, de sus días fastos o nefastos, señales indelebles que, aunque apenas notadas o incluso imperceptibles, nos hacen distintos, personas, ciudad.

Serán esas visiones o punzadas fugaces, absolutamente subjetivas e intransferibles, las que recordemos de vez en cuando, las que volverán una y otra vez sin que se destiñan sus colores o se apague su timbre. Por eso necesitamos, cuando diciembre está a punto de apagarse, que la prensa o la televisión nos construyan la memoria diacrónica de los días transcurridos porque de su más de medio millón de minutos sólo conservamos al final -ahora mismo- unos cuantos relámpagos fugaces. Con el correr del tiempo no sabremos exactamente en qué año pasaron porque serán todos una sola cosa: nosotros, cada uno de nosotros con los demás.

¡Que la prensa y la televisión nos hagan la crónica de lo que pasó en el mundo! Nosotros, cada uno de nosotros, procuremos ser felices y, siéndolo, escribir las memorias de la felicidad de todos: que en ellas sólo estén el rojo bermellón de unas nubes en un atardecer otoñal, los momentos de arrobo y de cariño, la luz que durante un instante tiñó de violeta la cal de una casa en la madrugá del Viernes Santo, el sol naranja y horizontal de una tarde de Feria, o la noche en la que el verso de la soleá, escuchada tantas veces, nos golpeó en lo más hondo.

Antonio Zoido es escritor e historiador.

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