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Menos crispación y más entusiasmo

En estos días previos a la navidad, con los alumbrados encendidos, y en marcha los múltiples ágapes de celebración, parece que se diluye el retumbar de los tambores de precampaña, porque el personal está mas pendiente de los villancicos y los regalos navideños que de los mensajes políticos.

el 14 sep 2009 / 21:30 h.

En estos días previos a la navidad, con los alumbrados encendidos, y en marcha los múltiples ágapes de celebración, parece que se diluye el retumbar de los tambores de precampaña, porque el personal está mas pendiente de los villancicos y los regalos navideños que de los mensajes políticos preparatorios del 9 de marzo del año que viene. De todas formas, ya probablemente por la influencia del ambiente, más propicio al amor que a la guerra, hemos oído en los últimos días, algunas declaraciones cargadas de buenos propósitos, y no me refiero a las promesas electorales, algunas de las cuáles parecen virtuales cestas de navidad, con sus rebajitas de impuestos, sus viviendas para todos, sus subidas de pensiones y sus becas salarios, sino a las manifestaciones de buena voluntad y propósito de enmienda, en cuanto al propio desarrollo de la campaña.

Por supuesto, el que en estos días se esté proclamando, por parte de los que van a ser protagonistas de la carrera electoral, que van a hacer una campaña limpia, de mensajes en positivo y alejada de la confrontación pura y dura, a la que hemos estado acostumbrados, no quiere decir que después, a la hora de la verdad, esto vaya a ser a sí. Pero es bueno que, por lo menos, se piense en llevarlo a cabo. Y es bueno porque la ciudadanía, que ya se conoce de memoria la letanía de reproches mutuos, vería con buenos ojos que se le explicara, de forma clara y serena, los compromisos de futuro que cada cual está dispuesto a adquirir. Porque esto, en puridad, es un programa electoral, es decir la asunción pública de un compromiso de gobierno. Y para eso no hace falta insultar a nadie.

Vale, que ya sabemos que estas buenas intenciones suelen pregonarse antes de cada campaña, y después las palabras se las lleva el viento. Y, además, que siempre es el otro el que empieza la bronca. Pero aunque sepamos, por aquello de la cruel experiencia, que en una campaña nadie se va de rositas, tampoco podemos renunciar, y menos en estas entrañables fechas, ¡qué bonito!, a la ilusión de que las cosas pueden cambiar. Sobre todo pueden cambiar si esa ilusión se basa, de una parte, en que es posible hacerlo. Si se quiere, se puede. Y de otra, por propio instinto de supervivencia porque, a la vista de la escasa participación ciudadana en las últimas convocatorias electorales, referéndum estatutario incluido, salta a la vista la conveniencia de efectuar un cambio profundo de estrategia.

Y ese cambio de estrategia vendría aconsejado por la convicción de que a un mayor nivel de confrontación no se corresponde con un mayor nivel de participación, sino todo lo contrario, porque la bronca y la descalificación requieren muy pocos argumentos. Y son los argumentos los que convencen al personal, que es bastante más razonable de lo que muchos piensan, y por eso quiere escuchar razones y no exabruptos. El evidente desapego de los ciudadanos sólo se cura con menos crispación y más entusiasmo.

Juan Ojeda Sanz es periodista

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