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Mercado duro y cruel

Que una empresa cambie la imagen de su producto es natural. Lo impone el mercado, que es duro y cruel, para poder sobrevivir. Esta semana lo hemos comprobado con el cambio de imagen al que han sometido a un personaje central de nuestro paisaje vital y ciudadano...

el 16 sep 2009 / 02:26 h.

Que una empresa cambie la imagen de su producto es natural. Lo impone el mercado, que es duro y cruel, para poder sobrevivir. Esta semana lo hemos comprobado con el cambio de imagen al que han sometido a un personaje central de nuestro paisaje vital y ciudadano, a un icono de la ciudad y de la tierra, el querido Gambrinus, ese señor gordito y cachondo cuya vida es un eterno brindis.

Me lo esperaba, pues he venido viviendo con alarma la evolución del personaje, cada vez un poco menos orondo, cada vez más joven y sanote. El modelo era cada vez más el personaje animado de los anuncios, y menos el señor respetable de los botellines. Gambrinus es el patrón universal de la cerveza, y lo encontramos como marca en fabricantes de muchos países, como Rumania, Chequia, Dinamarca, Francia, Canadá y Estados Unidos. La imagen del rey está en botellas de cerveza belga de varias marcas, y en una de ellas llega a aparecer a caballo, con idéntico ropaje y actitud que el Gambrinus local. Por eso en un bar que frecuentábamos pedíamos "Cruzcampo a caballo" cuando queríamos cerveza belga. Nuestro Gambrinus va, por cierto, de paisano, pues todo el mundo sabe que fue rey, y así aparece en gran parte de la iconografía que he encontrado del personaje; rey en su trono, coronado y barbudo, con una jarra en el lugar del cetro.

Las medidas del personaje eran coherentes con su condición cervecera, y con sus orígenes flamencos, pues se dice que es trasunto de monarcas de aquellas tierras, Juan I ("Juan Primus", ¿lo pillan?) o Juan Sin Miedo. Ahora las pierde obligado por el signo de los tiempos, y es preocupante que todo el mundo deba ser joven y atlético. Los gorditos maduros quedamos sin uno de nuestros ídolos, que pasa a ser otro de tantos, perdiendo su singularidad y su gracia. ¿Qué será lo próximo? ¿Adelgazará el muñequito de Michelin? ¿Se desinflarán los neumáticos que forman al querido Bibendum? Todo cambia. También la Cruz del Campo era un templete en mitad de los campos y ahora aparece una tarta encajonada entre unos edificios muy feos en su Avenida homónima; junto a la fábrica que no es fábrica, pero a la que gracias a Dios han salvado. Qué ciudad ésta, que respeta más las fábricas de cerveza que los monumentos medievales.

Catedrático de Derecho del Trabajo

miguelrpr@ono.com

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