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Mercedes Ruiz bordó el baile

el 15 sep 2012 / 22:19 h.

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Esta mañana pensé en ir a Arahal a colgarme de un olivo, porque no puedo con más baile, con tanta danza, con tantos taconeos y meneos de volantes y mantones. Cuando duermo me persiguen las bailaoras y cuando me levanto ha invadido mi casita un regimiento de palmeros. Esto no hay quien lo aguante, es un acoso, las bailaoras y los bailaores están por todas partes, unos bailándole al silencio y otros con gallinas en la cabeza. Golpetean mi calomorra zapateados con taladradoras, y hasta el otro día, al abrir el buzón, encontré en él a una pequeña bailaora que danzaba por seguiriyas con un vestido más apropiado para ir a la cena del Compás del Cante, que para evocar la memoria de La Malena.

A punto estaba de colgarme cuando un pájaro de hermosas plumas me dijo que esperara un día más, que asistiera anoche al Lope de Vega a ver a una bailaora llamada Mercedes Ruiz, que es de las que me gustan. ¿Más baile?, me pregunté. Bueno, pues iremos a ver qué pasa con la jerezana y su nueva perspectiva del baile. Y pasó que asistí al espectáculo más bonito de lo que llevamos de Bienal. De baile, claro, pero al menos fue de buen baile, de estupendas guitarras y de cosas interesantes en la parte del cante. Asistí a un espectáculo trabajado en todos los aspectos, que la bailaora se echó sobre la espalda y lo llevó con arte, entrega y oficio hasta el final. Solo dejó el tajo tres veces y fue para cambiarse de traje. Pero mereció la pena esas transiciones. Me gustan las bailaoras que saben arreglarse, que tienen buen gusto a la hora de vestirse. No gustan nada los espantapájaros, porque ya está bien.

Mercedes Ruiz tiene buen gusto, pero no triunfó por lo bien arreglada que salía al escenario, sino porque llevaba un espectáculo genial. De la música se encargó su esposo, el joven y gran guitarrista Santiago Lara. Perspectivas, que así se llama el espectáculo, es ante todo una obra flamenca de una elaborada composición musical que va engarzando estilos muy distintos unos de otros y que Mercedes baila de maravilla, desde los festivos fandangos con castañuelas y crótalos metálicos hasta el tanguillo que le sirvió para presentar a su buen cuadro de acompañantes. Esta mujer baila con todo el cuerpo, pero lo que se dice bailar. Figura armónica, preciosas manos de seda, zapateado fino y sin el maldito compresor, la cabeza siempre bien colocada, lentitud de toreo grande cuando quiere jondura y velocidad controlada cuando desea fiesta.

Cuando bailó las serranas, la caña y la soleá, engarzadas musicalmente a través de su baile, era digno de ver con qué sencilla majestad se movía por el escenario, cómo manejaba la bata de cola, sin levantar ni una sola mota de polvo de la tarima, con pureza, poniéndole una preciosa estampa a cada falseta de las guitarras y a cada tercio de los cantes. Luego, cuando ya el paladar nos sabía a vino de solera, se ajustó un pantalón y un sombrero y nos metió el ritmo en el cuerpo con melodías de ultramar y un zapateado que lo hubiera firmado Miracielos.

Melchora Ortega, David Lagos y David Carpio cantaron sin estridencias, de una manera delicada, para que Mercedes Ruiz no se fuera de Sevilla sin demostrar cómo se pueden buscar nuevas perspectivas en el baile sin aburrir con historietas, solo bailando, pero bailando de verdad, que es lo que esta mujer hace. Mereció la pena no colgarse del olivo, porque me hubiera perdido el mejor recital de baile de lo que llevamos de Bienal. Trabajo y arte suelen funcionar siempre.

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