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Metropolitanos en medio del campo

Vivir en el campo tiene sus ventajas, pero no es tan idílico como pudiera imaginarse: las distancias, la necesidad de un vehículo, la soledad o la inseguridad constituyen la cruz de muchos ciudadanos cuyo domicilio se hace impreciso para el cartero.

el 15 sep 2009 / 00:13 h.

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Vivir en el campo tiene sus ventajas, pero no es tan idílico como pudiera imaginarse: las distancias, la necesidad de un vehículo, la soledad o la inseguridad constituyen la cruz de muchos ciudadanos cuyo domicilio se hace impreciso para el cartero. En el área metropolitana hay censados 11.733 vecinos así.

Los Palacios y Villafranca, un municipio de más de 35.000 habitantes, es el tercero que más población diseminada -que es como la cataloga el Instituto de Estadística de Andalucía (IEA)- tiene de los 46 de la aglomeración urbana. Superan el millar los vecinos (1.027) que están empadronados fuera del casco urbano y de sus pedanías. Pese a que algunos sólo pasan temporadas en estas segundas residencias en medio del campo, entre la piscina y la chimenea, otros muchos viven aquí porque no tienen más remedio.

Es el caso de José y Consuelo, un matrimonio de 74 y 66 años, respectivamente, que vive en una de las muchas viviendas esparcidas en el paraje que llaman El Letrado, entre Utrera y Los Palacios y Villafranca, a unos cuatro kilómetros de este último. Nacieron en Utrera, pero hicieron vida durante cuatro décadas en el cortijo de El Torbiscal, a la orilla de la N-IV y a 10 kilómetros al sur del pueblo, donde trabajaba José de tractorista "y de lo que hiciese falta".

Pero cuando se jubiló tuvo que dejar el cortijo. "Cuando te jubilas te tienes que ir con viento fresco", dice Consuelo al insistir en que viven en esta casa de campo desde hace nueve años porque no les queda otra. Si no fuera así, confiesan, se hubieran ido al pueblo.

Construyeron su hogar en medio del campo y allí se instalaron con sus cinco hijos. Hoy sólo reside uno con ellos. Los demás, viven en el casco urbano y también en la vecina Utrera y en la cercana Sevilla. "Estamos todo el día solos", se lamenta José, pues el hijo que comparte la vivienda "sale a las 6.00 horas para trabajar y no vuelve hasta la noche", apostilla Consuelo.

José sufre la enfermedad de la gota y necesita ir al médico hasta dos veces por semana: siempre a Utrera, a Dos Hermanas, a Sevilla o al Hospital de San Juan de Dios, en Bormujos. Y casi siempre depende del autobús, que pasa "cuando pasa", como dice José con cierta retranca.

¿Ventajas? La tranquilidad

"No nos peleamos con la gente de la comunidad", bromea José, aunque ya tiene vecinos a ambos lados de la vivienda. Uno de ellos es un impresionante chalé con un visible cartel de alarma en la puerta. Otra película radicalmente distinta. Pero José se aburre mucho. "Si no fuera por el televisor...", dice. Paga el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) y la electricidad, pero no agua ni basura. El agua la sacan de un pozo. "Ojalá viniera el agua hasta aquí y tuviera que pagarla", dice esperanzado en que se regularice buena parte de las viviendas de El Letrado.

Tampoco pagan agua ni basura en Villa Tinajas, otra vivienda de este laberíntico entramado en la que viven Antonio y Ana, de 62 y 58 años, respectivamente. Son de Los Palacios y Villafranca, pero llevan seis años en esta casa de campo rodeada por una huerta en la que se entretienen. "Cuando terminamos la vivienda nos vinimos aquí para celebrar las fiestas navideñas", recuerda Ana. Eso fue en 2002. "Nos gustó tanto que decidimos quedarnos todo el invierno". Y hasta hoy.

En este cambio influyó el estrés de esta mujer que regentaba dos tiendas -una de comestibles y una mercería- y tenía cinco hijos a su cargo, además de a su madre y a su suegra. "Cuando dejé las tiendas porque mis hijos ya tenían trabajo y nos instalamos aquí, me entró una tranquilidad muy grande", cuenta Ana todavía con alivio. "A mi marido le encanta el campo y yo le estoy dando ese capricho", prosigue, aunque admite que ya piensa en volver al pueblo.

"Se vive bien aquí, pero mis hijas tienen que venir todos los días en coche para comer y todo el día coche para arriba, coche para abajo", apunta Ana como inconveniente. De todas formas, hay aparcamiento seguro y "cuando yo voy para el pueblo, sólo tengo que salir a la cancela y al primero que pasa se lo digo", sentencia.

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