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Miles de ojos en el Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes

Balcones a rebosar y la plaza repleta en la salida de la cofradía de San Juan de la Palma.

el 28 mar 2010 / 22:00 h.

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Las puertas de San Juan de la Palma se abren cinco minutos antes de la hora de salida para dejar ver la cruz de guía seguida de las filas de nazarenos blancos, uniformados hasta las sandalias, ordenados como pocos, llamados al orden con chasquidos del diputado de tramo si se retrasan, porque nada puede salirse del guión en La Amargura.

Hasta las tres o cuatro lipotimias por culpa del calor que preceden a la apertura del templo deberían figurar en el programa de mano. Todo en orden, porque la cofradía no necesita nada más que poner en la puerta al Señor del Silencio para dejar boquiabierto al público que abarrota la plaza.

Su salida, moviendo al son de Silencio blanco su túnica ajada por los años, es seguida por cientos de ojos.
Pero el paso del Desprecio de Herodes, con su canastilla dorada y de sencillos labrados, se dirige con paso firme hacia la casa que queda justo enfrente de la puerta del templo, el número 6 de la plaza de San Juan de la Palma.

"No buscarme el trabajo, que viene solo", pide el capataz para evitar que los costaleros intenten algún ejercicio de lucimiento. El misterio queda enfrentado a los balcones, a la misma altura. Si no mirara hacia el lado para evitar los ojos de Herodes, su mirada se cruzaría con quienes viven durante todo el año frente a su templo.

Los que desde el suelo observan la escena con cierta envidia tienen toda la razón: "Cuando se abren las puertas, desde el balcón se ve hasta el fondo, cómo se preparan los nazarenos, cómo se abrazan, cómo se persignan", explican las vecinas.

La esposa y la madre de un hermano de La Amargura que lleva más de 15 años saliendo en esta cofradía disfrutan de ese espigón privilegiado desde que se mudaron a la casa hace cuatro años. Cada Semana Santa, el nazareno invita a otros miembros de la hermandad a vestirse y prepararse para la estación de penitencia. También su mujer y su madre invitan a familiares y amigos para compartir con ellos esa forma tan especial de ver salir la cofradía.

No son las únicas privilegiadas. Desde el año pasado, la hermandad cede a los hermanos mayores de 75 años que no salgan de nazarenos una silla en un reservado justo al lado de la puerta de la iglesia hacia el que también miran de reojo quienes llevan horas esperando tras las vallas.

Luisa Laffitte explica que este año también puede ir un acompañante, como ella. Una treintena de personas asiste a la salida de la cofradía sentadas en cómodas sillas.

El Señor del Silencio sigue adelante, sin parar hasta completar la revirá y coger la calle. Y en unos minutos, también a la hora precisa, el incienso inunda la puerta de la iglesia para avisar de que llega la Virgen de la Amargura, con San Juan a su izquierda y al son de Amarguras, la marcha que más toca la banda de Nuestra Señora del Águila de Alcalá de Guadaíra durante todo el recorrido.

Con la candelería encendida, el palio coge la medida de la puerta y sale con movimiento, mientras el capataz pide pasos cortos. Se mece como si fuera liviano, y parece imposible porque entre los bordados no cabe un alfiler.

Mientras se aleja puede verse que manto y palio acumulan motivos en distintos tonos de dorado que se entremezclan hasta tal punto que casi no se ve el color del terciopelo que los sujeta. Hasta las botas de los ángeles que sujetan los faroles están cinceladas al detalle.

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