Local

Mira quién mira

Imagine que va al Louvre y alguien le hace fotos sin que lo sepa. He aquí el resultado.

el 26 nov 2011 / 20:01 h.

TAGS:

Las tres experiencias maravillosas que lo aguardan allí hacen aconsejable que no lo posponga ni un día más: hoy mismo, cuando salga a dar su paseíto por el centro, acérquese al Alcázar por el Patio de Banderas para ver la exposición El Louvre y sus visitantes. La primera de esas vivencias es el placer de acceder a ella pasando por el zaguán y la escalera que conducen al Salón Alto del Apeadero. No tienen nada, salvo muchísimos años clavados en sus rodapiés, en sus paredes húmedas, en su poyete, en sus maderas, pero es pura inhalación de historia de Sevilla. En segundo lugar, el balcón. Desde el balcón central de esa estancia donde está la exposición, los vetustísimos cristales de sus puertas, cuya tersura se ha perdido con la ancianidad como una extraña piel transparente, ofrecen una colosal vista de la Giralda entre esmerilada y acuosa que parece un bellísimo óleo impresionista o tal vez una mofa de la vanidad, lo que usted prefiera. Deslumbrante, de verdad. Y en tercer lugar, las 41 fotos con rango de auténticas obras de arte que conforman la muestra del brasileño Alécio de Andrade, de la celebérrima agencia Magnum. Mirar a los que miran, visitar a los visitadores, turistear por entre los turistas, de eso se trata aquí. Personas que fueron a ver el Museo del Louvre sin saber que iban a formar parte de su historia y de su inmortalidad.

De entre todas, la foto que más se ha divulgado es una de 1990 donde están tres monjitas mirando el cuadro de Las tres gracias, de Jean Baptiste Regnault, y ciertamente tiene su guasa y su mérito el contraste, pero no es ni de lejos la más crítica, despiadada o reveladora de cuantas forman parte de este arsenal de miradas desvergonzadas, donde quien tenga un sentido del humor bien ejercitado se va a reír de lo lindo. Hay, por ejemplo, una foto de 1969 de una señorona de prosapia, bastante gorda y seria ella, que parece enteramente y por sí sola un retrato ecuestre, y eso que no hay caballo. Ítem más, hablando de carnes generosas: esa especie de vikinga con coletas mirando el sensual cuadro de Atala en la tumba, de Girodet-Trioson, en un franco contraste de emociones y atractivos fechado en 1993.

Cualquiera diría que Andrade no salió del Museo del Louvre. Pues... casi, casi. Durante 39 años estuvo recorriendo las salas y galerías, fruto de lo cual es una colección de la que estas imágenes escogidas son apenas un aperitivo, pues en total suman una 12.000 fotografías. Habrá costado horrores seleccionar 41, igual que costaría, de entre estas últimas, elegir cuál se le hace a uno la más fascinante, hipnótica o simplemente bella de todas. Cómo decir que el premio no se lo lleva la que muestra esa escultura de Beauvallet titulada Susana en el baño, que intenta cubrir su desnudez de los ojos de un turista italiano que pasa por allí. O esos dos varones vestidos como si el Louvre fuese un polideportivo de extrarradio, contemplando ellos, con apolíneas posturitas que van desde el éxtasis hasta el precalentamiento, La belle Ferronnière de Da Vinci. Y quién diría que no merece destacarse de entre todas la foto de esa chica que, en 1969, de espaldas a la cámara y de cara al Pierrot de Antoine Walteau, parece enteramente que se haya abierto la blusa para darle al pobre y tristísimo payaso aunque sea esa momentánea alegría. Cualquiera de ellas le inspirará un delicioso juego de fantasía y algo de verdad sobre la condición, no siempre envidiable, del turista.

De utilidad:

El Louvre y sus visitantes, de Alécio de Andrade. Sevilla. Real Alcázar. Salón Alto del Apeadero. Del 18 de noviembre al 18 de diciembre de 2011. Abierta todos los días, incluso los lunes, de 9.30 a 17 horas. Entrada libre y gratuita. Acceso por el Patio de Banderas.

Fotógrafo y poeta, pianista y amigo de escritores y músicos de todo el mundo, Alécio de Andrade (1938-2003), brasileño residente en París, recorrió durante casi 39 años las salas del Museo del Louvre, a partir de 1964. Según el testimonio que dejó escrito el propio autor, estas fotografías que ahora se presentan "tienen quizá en común el hecho de devolver a un lugar tan visitado la presencia y la intimidad de la mirada de los que, viniendo a admirar cuadros o esculturas, con frecuencia no ven gran cosa, pero en un instante pueden vivir el encuentro con una obra o incluso un detalle que los conmoverá profundamente. A través de ese juego de miradas simultáneas, también la historia de la pintura se desarrolla en orden disperso dentro del espacio recompuesto de la cámara oscura. De nuevo, se trata de un encuentro entre un espacio repleto de historia, cargado con el peso de un rico pasado, y estas siluetas fugaces, estos rostros indiferentes, sorprendidos o seducidos por lo que han captado durante un instante y que dejará una imagen perdurable en su memoria". Según los organizadores, Otoño Cultural Iberoamericano y Fundación Caja Rural del Sur, la exposición enseña una visión poética cuyo sentido del humor se une a la ternura. 

  • 1