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Míster Joyce, ¿necesita también ir a los servicios?

Qué bonita la visita de los suecos. Y qué gracioso Casinello. Encima van e indultan el Pabellón de Yugoslavia.

el 17 jun 2012 / 09:43 h.

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La mezquindad, ¿es una enfermedad, un don o un hábito? Menudo enfado tenía El Correo con los responsables del show de las folclóricas. "Lo de Azabache", publicaba el día 13 de junio de 1992, "ya pasa de castaño oscuro. No solo se gastan un dineral y lo retrasan por motivos aparentemente técnicos, sino que también se empeñan en poner el nombre de la cantante María Vidal en letras más pequeñas o simplemente ignorarla en las comunicaciones de prensa. Ya se sabe que las divas son las estrellas, pero si se plantea un espectáculo para mostrar el pasado, presente y futuro de la copla, no hay que ignorar -al menos, por cortesía- a la persona que representa a las nuevas generaciones. Del presente ya sabemos demasiado, y el pasado ya lo oímos en play-back". Buen repaso, vive Dios. Por suerte, la cultura no estaba solo en manos del equipo local, por así decirlo, con lo que por aquellas mismas fechas se produjeron dos acontecimientos preciosos en esta materia: uno, el anuncio de que el día 21, el Pabellón de la Comunidad Europea celebraría una gran fiesta del cine con la presencia de más de cien artistas y directores de postín: Claudia Cardinale, Michael Caine, Julie Christie, Ornella Mutti, Max von Sydow, Almodóvar, Marcello Mastroianni, Fernando Rey, Jean-Louis Trintignant...; otro, la celebración el día 16 del Bloomsday, o día de Leopold Bloom, personaje principal del Ulises del escritor dublinés James Joyce, en el Pabellón de_Irlanda, que estaba precioso y lleno de ambiente literario y festivo preparándose para la fecha señalada.

Hablando de fechas señaladas, y aunque parezca una tontería: el 13 de junio, el Pabellón de Nueva Zelanda celebró la primera cosecha de kiwis vendiéndolos baratos, mientras que los valencianos regalaron bolsitas de cerezas de Alicante, también como promoción. Sobradamente conocidas son las propiedades laxantes de las frutas suculentas, en particular las primeras. No se quiere aquí decir que tuviese algo que ver con esto el que se atascasen las cañerías del Pabellón de Euskadi (suceso que se achacó -así consta en el periódico- a que las mujeres tiraban las compresas al váter y no a la papelera). Pero el caso es que si ya había motivos abundantes para la liquidación de efectivos intestinales y hasta para la cagalera, va y se produce al día siguiente, 14, el siguiente fenómeno: que la Expo tiene que poner en cuarentena nada menos que a 43 trabajadores del Kangaroo Pub tras declararse una gastroenteritis contagiosa. La información explicaba que por lo visto el microbio se lo había traído una camarera de sus vacaciones en Marruecos, y que nada más llegar a la Cartuja tuvo que ir corriendo al servicio médico de la Expo "aquejada de fuertes vómitos y una pertinaz diarrea". La pertinacia de la diarrea ya es bastante indicativo de cómo iría, la pobre.  Un día después, El Correo mantenía viva la llama de la noticia con este título: Doce empleados del ‘Kangaroo', con síntomas de gastroenteritis contagiosa. Y un antetítulo para la historia: A causa de un germen. Sí, señor. Fin de toda conjetura. Ni vudú, ni extraterrestres.

Aunque... al menos en sentido metafórico, se podría admitir que hay formas de cagarla que no dependen de un germen: Vaya la coronita de flores que le colocaron en la cabeza al comisario Cassinello el día 17, con motivo del día nacional de Kiribati, que tampoco es un germen sino un país formado por 33 islas.  Que por cierto, como su pabellón se había quemado estaban alojados en el del Pacífico Sur. Parece ser que la costumbre, por esos mares perdidos del sur, es colocar al forastero en situación de inferioridad por la vía del ridículo, recubriéndolo de floripondios y colorines que lo dejan tan inmovilizado como dicen que hace el gritito de los karatekas con sus adversarios. Pues bien: hecho un Arcimboldo tuvo que leer su discursito don Emilio, porque él, día nacional que había, día que soltaba su discursito. Y además, siempre aprovechaba para resaltar un lazo común entre España y ese país. Qué decir de los lazos entre España y Kiribati. Eso, ¿qué decir? Pues allí que saltó el comisario, con su estampa de personaje del Sueño de una noche de verano, y recordó que el primer contacto de estos nativos con el mundo europeo fue gracias a un grupo de amotinados españoles que se dejaron caer por allí en 1537, sin aclarar mucho si lo hicieron en calidad de náufragos, de huéspedes o de guiso de papas con carne. Pero lo importante es que salió del paso de maravilla.

Al lado de este reto, lo de dos días antes con los reyes de Suecia, Carlos Gustavo y Silvia, era como poner a Curro Romero ante un torito de cartón. Pero se confió y... lo dijo, sí: lo de hacerse uno el sueco. Otro germen. Luego lo negó, claro, y destacó el compromiso de aquellos paisanos con todo lo habido y por haber:_el medio ambiente, la cooperación internacional y todo eso. Y_aquí fue donde los monarcas escandinavos efectivamente se hicieron los suecos, porque lejos de mosquearse con el comentario decidieron quedarse cuatro días en Sevilla, batiendo de ese modo todos los récords de permanencia de dirigentes mundiales y, en general, del turismo. Estuvieron simpatiquísimos, decía El Correo, y en particular la reina Silvia, que era un amor de persona y encima hablaba español, que es algo que en España siempre se ha valorado particularmente. Dicen que le encantó el Pabellón de Hungría. Pero la gracia de la visita y de los actos del día de Suecia en la Expo también debió mucho al discurso de Stig Stromholm, rector magnífico (que estuvo ídem) de la Universidad de Uppsala, quien dijo lo siguiente: "Decir que España y Suecia son países periféricos es admitir la existencia de un centro que nuestro orgullo, nuestro pasado, nuestra tendencia a replegarnos hacia nosotros mismos, nos hace difícil reconocer." Si después de esto no se fumó un puro, es que el tabaco nunca jamás tuvo razón de ser.

Pero si hubo informaciones agradables en El Correo durante estos días de junio de 1992, una de ellas fue sin duda la que se dio el día 17: Yugoslavia no tendrá que cerrar su pabellón, contra lo que se temía muy seriamente. Al final, el bloqueo a ese país a causa de la crudelísima guerra civil que en él se libraba se tradujo solo, en lo concerniente a la Expo, a la prohibición de ondear su bandera y de celebrar el día nacional, previsto para el 13 de septiembre. Terminaban así unos días que pasaban de castaño oscuro. Y no solo por lo de Azabache.

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