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Molviedro adelanta la cita con los cofrades

el 15 sep 2009 / 01:51 h.

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La plaza de Molviedro es impaciente y pide Semana Santa. Y nadie puede evitar que, como casi siempre, las puertas de la capilla, en la que no caben ni los 450 nazarenos de la corporación, se abran antes de lo previsto. Que nadie lo impida. Son las tres menos cuarto y la cruz de guía está en la calle para regocijo de los devotos.

Uno de ellos es José Antonio, que a sus 13 años ya lleva ocho llevando el antifaz negro de Jesús Despojado, y que este año le pidió algo especial a su padre: que le grabara las voces del capataz y la cuadrilla de costaleros en el momento en el que la Virgen de los Dolores y Misericordia sobrepasara el dintel de la puerta para tener ese sentir como despertador para el móvil. "Es un cofrade de nacimiento", comenta su padre con semblante emocionado.

Esa grabación recogió el esfuerzo titánico de los costaleros para sacar los dos pasos. Jesús Despojado de sus Vestiduras logró sobrepasar el escollo hasta prácticamente tocar con sus potencias la puerta. Y, tal vez fruto de este éxito, salió exhultante de la plaza de Molviedro bajo los sones coloristas de Palma de Dios. Justo delante del paso, un grupo de nazarenitos, en carritos o en brazos, daban más alegría y esperanza a la calurosa tarde. Algunos de ellos, incluso echaban la vista atrás picados por el sentir cofrade.

Para hacer frente al sopor de la tarde, Borja, uno de los aguadores del paso, estaba preparado para asistir a los costaleros del paso Virgen. Era la primera vez que venía a la hermandad de Jesús Despojado y estaba maravillado con la salida y, en especial, por su complejidad.

La tensión se mascaba en el ambiente cuando llegaron los últimos cuerpos de nazarenos antes de que la Virgen de los Dolores y Misericordia se reencontrara con Sevilla. Los costaleros hincaron las rodillas a tierra y sacaron, poco a poco, el palio, con la ayuda de sus compañeros, que se colocaron junto al paso. Pese a ello, no se evitó algún susto, como que los varales tocaran el dintel de la puerta.

"Tirar de ella", gritaron los ayudantes del capataz, Federico González Martell, y, como si fuera una orden militar, varios costaleros salieron de la casa hermandad para ayudar con sus manos a sacarla. La fatiga fue tal que deslució algo las prime- ras chicotás, aunque el público, consciente del esfuerzo, arropó a la cuadrilla con aplausos. "Esta hermandad sólo se saca con el corazón", decía un costalero, tras tocarse varias veces sus brazos doloridos.

Gracias a que salió con 15 minutos de adelanto, no sólo sirvió para que llegara con puntualidad a la carrera oficial, sino que se alojó en su templo a la hora, en torno a las diez y media de la noche.

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