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Toros

Morante: malos tiempos para la lírica

El diestro de La Puebla programó un ajustado calendario de recitales que no respondió a la expectación creada. Su nombre sonó a la cabeza de la rebelión que marcó las horas más bajas de la plaza de Sevilla.

el 17 nov 2014 / 12:00 h.

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Morante de la Puebla. / EFE-Carlos Barba Morante de la Puebla. / EFE-Carlos Barba Primero fue El Juli. Después lo hizo Morante. Y cada cual le dio su acento personal. El diestro de La Puebla estrenó la temporada montando un abracadante guateque madrileño que le sirvió para escenificar la aparatosa tramoya que enmascara su auténtica e íntima alma de artista. Si su compañero había escogido el Círculo de Bellas Artes, Morante se decantó por la discoteca Joy-Eslava. La puesta en escena fue diferente pero el fin era idéntico. Como su cuate de ruedos y rebeliones, se trataba de anunciar con vino, rosas e inmensos puros un calendario cerrado de presuntos eventos que tenía que sellar el nuevo tiempo del diestro cigarrero. Se prometían maravillas, un autobús de siete leguas lleno de prodigios y la quimérica pretensión de convertir cada paseíllo del imprevisible matador en un acontecimiento único y singular. Pero, tal y como había ocurrido con El Juli, las propias circunstancias de la temporada y el matador se encargaron de dictar su propio y definitivo guión, diferente del previsto. Sí hubo una diferencia sustancial con El Juli. Morante presentó sus milagros sin que mediara ningún tipo de comunicado o explicación que justificara su inscripción en la nómina de los diestros indignados con la empresa Pagés. Hablamos del famoso y ya desmoronado G-5. Algunas voces susurrantes entrebastidores de toreo quisieron poner al diestro de la Puebla en la yema de aquella rebelión. Se habló mucho y aún se sigue hablando –algunos se han quitado la careta definitivamente– de la influencia de la poderosa casa empresarial que apodera a Morante. La noticia –o el rumor que sigue pendiente de confirmar o desmentir– corrió como la pólvora en vísperas de Navidad:se señalaba al millonario mexicano Alberto Bailleres como elefante blanco del alzamiento que terminó de barrer las escasas migajas del abono sevillano. Hubo voces autorizadas de la cocina del toreo que iban mas allá: las definitivas intenciones del mentor de Morante pasaban por hacerse con la gestión de la plaza de la Maestranza después de poner al cuerpo nobiliario entre la espada y la pared con una carta enviada al paseo de Colón que ni siquiera estaba rubricada. La historia de ese tiro errado ya ha sido contada con pelos y señales en estas mismas páginas. Pero la verdad sólo la conocen los interesados. Punto. Después de guardar el smoking madrileño, Morante echó gasolina en el famoso autobús. El peculiar lema escogido para su particular temporada, El arte no tiene miedo, iba a ser paseado por treinta ruedos escogidos de antemano aunque no faltaron algunos reajustes iniciales por pura política taurina antes de poner la famosa guagua a chupar kilómetros. La primera del año fue en Olivenza. No pasó nada; tampoco se acabó el papel. Hubo oreja en Valencia; vuelta al ruedo en Castellón y patinazo gordo en esa Resurrección malagueña que buscaba desplazar el foco informativo del Guadalquivir al Mediterráneo. Sólo se consiguió parcialmente y tampoco se llenó la plaza. Comenzaban a trazarse las primeras curvas que pusieron a prueba el ABS del bus: las taquillas no iban a ser verbenas, marcando una constante que se iba a perpetuar el resto del año. Hubo intermedio, broncas cósmicas y más puros en Aguascalientes mientras se desarrollaba la feria triste de Sevilla en la orilla de acá. La figura de Morante brillaba por su ausencia y la rebelión, a esas alturas, se había torcido. Las penas de los toreros no eran compartidas en la calle. Su única comparecencia isidril se saldó con más pena que gloria. Morante, que se había esforzado a tope en Jerez en un mano a mano que ganó Manzanares, sí consiguió cubrir tres cuartos del aforo del inmenso y renqueante Coso de los Califas aunque esta vez no se produjo el milagro que conmocionó Córdoba un año antes. Dos corridas de circunstancias en Istres para arropar la reaparición puntual de Joselito y el tibio paso por Granada preludiaron el primer gran triunfo del año, lucrado en Alicante. Pero los más fieles ya habían comenzado a impacientarse a pesar de esa hipervaloración del detalle que no retrata al mejor Morante, ese que ni siquiera han visto algunos de sus más jóvenes panegiristas. La temporada no terminaba de romper pero, a pesar de todo, los prodigios llegaron: Badajoz o Roquetas fueron el preludio pero el gran Morante se instaló a caballo de los meses de agosto y septiembre después de pasar en blanco en plazas afines como Huelva y El Puerto en el famoso día de los pitones rotos de los zalduendos. Ahí quedaron para el recuerdo la faena de Bilbao; el recital ninguenado por el palco de Málaga; los paisajes con figuras de Sanlúcar y el buen tono de Ronda. Después de esas cumbres fracasó inesperadamente en la taquilla el mano a mano con Perera en Logroño. Pero la temporada ya estaba sentenciada y culminó con el pretencioso montaje de Vistalegre que se había vendido y publicitado bajo el pomposo título de The Maestros. Morante cortaba dos orejas más y culminaba así una campaña en la que faltó contundencia en la taquilla y en el ruedo para haber seguido el guión marcado en la gala invernal. A pesar de todo, el torero mantiene intacta su aura de torero de culto. Hoy por hoy es una de las tres figuras que no puede faltar en ninguna feria. La gran incógnita sigue siendo saber si el artista cigarrero querrá anunciarse en Sevilla. Hay muchos platos rotos que recomponer y su decisión será tan personal como imprevisible. A Sevilla le hace falta verlo en la puerta de cuadrillas pero a él también. Tiempo al tiempo.

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