Cultura

Mucha sorna y poca condescendencia

Obra: España no es Uganda. Lugar: Sala Cero, 7 de diciembre. Texto y Dirección: Antonio Álamo. Intérpretes: David Montero y Antonio Calificación: ***

el 09 dic 2013 / 21:00 h.

Mucha sorna, irreverencia y muy poca condescendencia, es la base de esta obra, con la que Antonio Álamo hace los honores al espíritu comprometido y trasgresor de la comedia. Se trata de una punzante y desvergonzada sátira que denuncia la corrupción política como un mal endémico de nuestro país a lo largo de su historia. Para ello, Álamo sitúa la historia en un tiempo indeterminado con un divertido juego que mezcla términos y personajes históricos, como el Conde Duque de Olivares que al comienzo de la obra no duda en recitarnos todos sus títulos nobiliarios, con un monarca cuya estirpe no se identifica, aunque se parece a nuestro actual Rey y viste una camiseta que rinde homenaje a un aclamado futbolista de nuestros días. Por otra parte la escenografía nos sitúa en un pasado cercano que condenó a garrote vil a más de un preso político. De esa manera, el autor y director completa la dramaturgia con los elementos formales y, al más puro estilo contemporáneo, rompe la diégesis introduciendo un tercer personaje que representa a un lacayo. Su intérprete, David Montero, interrumpe la obra para advertir al público que por motivos estrictamente económicos se ve obligado a asumir también el personaje del Conde. En ese sentido cabe destacar que, lejos diferenciar con claridad un personaje de otro, el autor lleva el juego de desdoblamiento hasta el extremo de incluirlo en la trama de la historia, llegando a denunciarlo en boca del personaje del monarca. Y es que, si algo distingue a esta obra es su vocación de reírse de todo y de todos, incluso del teatro y de la propia dramaturgia, que junto a la labor de interpretación constituye el fundamento de esta propuesta. Así, nos encontramos con una puesta escena un tanto sobria que pone todo su acento en el continuo diálogo de los dos actores, a los que Álamo perfila como unos sátiros en la más pura acepción de la palabra. En ese sentido cabe destacar el talento y maestría de David Montero quien, con una amplia gama de registros y matices interpretativos, es capaz de colmar a sus dos personajes de vis cómica desde un plano dramático. Lástima que Antonio Estrada no acabe de darle la réplica, sobre todo en cuanto al manejo de los silencios, lo que otorga un ritmo irregular al relato.

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