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Mucho más que coplas

el 25 jun 2012 / 07:50 h.

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Como casi cualquier grande de la canción, sus comienzos no presagiaban nada más allá de una carrera amateur. Empezando por su propio nombre: con Ana María Alias Vega conquistar escenarios iba a ser difícil. Por eso, pronto pegó el cambiazo a Pasión Vega, mucho más contundente y no del todo traicionero a su DNI. Nació en Madrid pero se crió en Málaga y en la parroquia de su barrio se fogueó cantando en coros de guitarristas y estribillos místicos. Luego participó en otro beato disco de villancicos y con 16 años probó suerte en un concurso de la cadena Ser. Dos años después, en 1995, ya se la vería participando en el Festival de Benidorm, ese certamen que tan casposillo aparenta ser y del que, sin embargo, ha salido tanto nombre grande de la canción española.

Como Pastora Soler -quien le acompañará el próximo viernes en el musical Azabache que podrá verse en el Auditorio Rocío Jurado, y en el que intervendrán también Manuel Lombo y Diana Navarro-, Pasión Vega tiró en sus inicios por los estrictos derroteros de las coplas clásicas. Pero como algo había que hacer con un género que tanto olor a naftalina despedía, desde sus primeras representaciones estuvo empeñada en volar por los aires toda la retahíla de tópicos que viven pegados a las tonadilleras. Pasión Vega nunca necesitó batas de cola, ni cantar con afectación (no más de la estrictamente necesaria para entonar, pongamos por caso, Ojos verdes), e incluso ha sido capaz de hacer justicia a Quintero, León y Quiroga con una puesta en escena jazzera, cabaretera y hasta directamente rockera. Quizás es que la artista malagueña se decidió a avisar desde bien pronto que lo suyo no iba a ser sólo y nada más que la copla.

Por eso, en 2001, cuando publica el disco Un toque de distinción, los ortodoxos enfurecen, los que la miraban con interés enloquecen y los que andaban ahí ahí caen conquistados. Pasión Vega, desde entonces, no ha parado de sumar. Lo demostró en 2010 en Sevilla, cuando en su gira Gracias a la vida abordó, sin despeinarse, la copla -que nunca ha abandonado-, el tango, la ranchera y la canción española. Y hasta ha tenido sus escarceos más o menos logrados con el fado y el pop.

Asegura que le privan Serrat, Cano y Ruibal, pero que también adora a Gardel y a Sinatra. El cóctel que ha ido preparando es, como puede suponerse, tan ambicioso como lo son sus propios gustos. Otro de sus protectores, Joaquín Sabina, no se anda con medias tintas a la hora de elogiarla: "Se puso a cantar y tenía esa pureza de Concha Piquer, esa cosa antigua en una cantante tan moderna". Y quizás con esto esté dicho todo. Si Imperio Argentina hubiera nacido, como ella, en 1976, tal vez, hubiera cantado en minifalda alternando La violetera con New York, New York. Y tan pancha.

Con una voz redondeada, de cálido centro y con un indisimulado gusto por las florituras vocales -que puede hacer perfectamente y las hace para que el aplauso arrecie un poquito más fuerte-, Pasión Vega sabe que está llena de referentes, de inspiraciones y que las comparaciones con grandes del pasado son inevitables cuando se la admira. Pero ella, erre que erre, con su Medalla de Andalucía en el cuello, continúa en 2012 girando Sin Compasión (su último álbum) y más heterodoxa que nunca.

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