Economía

Nace, crece, fermenta y se bebe

Umbrete, ciudad del mosto. Así reza el cartel de bienvenida de una localidad sevillana consagrada al jugo de la uva. Y tal título es sólo fruto de la tradición que acumula, tras cinco generaciones, la única bodega del lugar, Bodegas F. Salado.

el 16 sep 2009 / 08:41 h.

Umbrete, ciudad del mosto. Así reza el cartel de bienvenida de una localidad sevillana consagrada al jugo de la uva. Y tal título es sólo fruto de la tradición que acumula, tras cinco generaciones, la única bodega del lugar, Bodegas F. Salado.

Este negocio es una pequeña empresa familiar de irreductibles viticultores que resiste los embates del mercado común y la globalización y que han sabido convertir sus caldos en referente del buen beber en Sevilla.

Los Salado poseen 43 hectáreas de viñedos en las inmediaciones de Huévar del Aljarafe y Carrión de los Céspedes en las que una cuadrilla de 10 trabajadores se afana desde noviembre para asegurar la lozanía de las garría fina y las pedro ximénez -variedades de uva- en la cosecha de septiembre.

Este cultivo les da empleo estable durante todo el año y desde hace mucho tiempo. Estos empleados son muy necesarios, ya que pocos saben cómo tratar las plantas que allí germinan.

Es el dilema del campo. El aumento del paro ha hecho que este año hayan solicitado trabajo en la recolecta muchas más personas de lo habitual, en gran medida gente venida de la construcción. "No ha habido que buscar fuera. Se han formado hasta colas pidiendo trabajo en la cosecha, pero estamos completos", afirma Rafael Salado, uno de los gerentes de la empresa.

Sin embargo, las solicitudes de empleo se concentran en los periodos de recolección, mientras que en los puestos para cuidar las vides hay pocos interesados y, normalmente, sin ninguna formación en estos rubros. Además, la media de edad de los trabajadores en las tierras de los Salado es de 60 años. Si hay algún joven es por la tradición que arrastra de su familia y ello no es suficiente para que se produzca la necesaria regeneración.

Así, unos 30.000 kilos de uva viajan a diario desde el campo al lagar. Allí, tras pasar por una molturadora que hace las veces de mil pies, se dejan fermentar hasta obtener el vino blanco y las diferentes variedades espirituosas. Es entonces cuando éstos reposan durante 30 días en las botas de roble americano de la bodega, esperando a ser embotelladas y distribuidas en las tiendas y bares de la provincia.

Es un negocio que cada año se complica. "Nosotros nos salvamos porque hacemos vino", explica Santiago Salado, el otro gerente. "Los precios de la uva están por los suelos, como otros tantos, y los costes suben cada año. Cada vez se ven más terrenos abandonados por los alrededores. De no ser porque cerramos el círculo, esto se muere".

A juicio de Santiago hay que incentivar el consumo del producto autóctono. "Beber vino en vez de whisky es apoyar la economía nacional y además es un hábito más sano", opina. Lo cierto es que una antigua reclamación del sector pide que entre en la categoría de alimentos y no en la de bebidas alcohólicas.

En total, Bodegas F. Salado cosechará en esta campaña alrededor de 500.000 kilos de uvas, un 15% menos que el año anterior por culpa del excesivo calor de meses atrás. De este montante, la alquimia del roble obtendrá unos 350.000 litros de las diferentes especialidades de la casa, como el clásico mosto achampanado, el vino joven (Radiante), el viejo y seco (La Solera Tío Pedro), el espumoso o el vinagre de yema. Un catálogo que dentro de dos años se ampliará con un nuevo vino tinto.

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