Cultura

Nada nuevo bajo la luna

Viene sucediendo con alarmante frecuencia en esta Bienal, que un artista, un buen artista, se presente vendiendo material viejo como nuevo o más o menos renovado. Que el material sea de primera, y todo lo que se quiera, no exime de ciertas responsabilidades.

el 15 sep 2009 / 16:18 h.

Viene sucediendo con alarmante frecuencia en esta Bienal, que un artista, un buen artista, se presente vendiendo material viejo como nuevo o más o menos renovado. Que el material sea de primera, y todo lo que se quiera, no exime de ciertas responsabilidades. El sábado, por ejemplo, Cañizares había ofrecido una mirada retrospectiva a sus orígenes, pero olvidó subrayar que el alcance de su catalejo memorioso sólo alcanza hasta diez años atrás, los que tiene su formidable debut Noches de imán y luna. Eso, unido a notables problemas de sonido y afinación, restó encanto a un recital que prometía.

Cañizares, desde luego, es un bicharraco tocando. Es el Yngwie Malmsteen, qué digo, el Impellitteri de la guitarra jonda. Veloz en la ejecución, sofisticado en las tonalidades, un poco efectista en sus filigranas barrocas, demasiado deudoras de Paco, pero siempre espectacular. Fue una pena que la colombiana liminar, entre el clamor y el susurro, desfilara al borde del acople. Tras las bulerías y el zapateado, ya quedaba claro que Noches? iba a ser el esqueleto del recital. Lo confirmaron los exhibicionistas tangos y los tanguillos de aromas mediterráneos, que en dicho álbum se llaman Aroma de libertad. Vino luego Toca madera, perteneciente al segundo disco, Punto de encuentro, que tiene ocho años. Y no había visos de que la máquina del tiempo fuera a viajar mucho más allá.

Y no es que no nos gusten esos discos: son magníficos. Es que queríamos algo más nuevo, o algo más viejo, pero algo más. A pesar de las buenas intenciones de Gómez y Villalba, y del baile esteticista de Ángel Muñoz, la idea de explorar un sonido esencial prescindiendo de aliño instrumental tampoco pareció llegar a ninguna parte. Creo sinceramente que Cañizares era el menos interesado en buscar esa pulpa, ocupado como estaba en el recorrido exterior por la cáscara del toque, a fuerza de escalas tan endiabladas como gélidas.

En la virtuosa rumba Lluvia de cometas -una de las piezas mayores de Noches?- se saltó además el bonito pasaje que cambia de tono, sin más explicaciones. Y en el bis por aclamación popular, Metrópolis -Punto de encuentro otra vez-, resolvió de trámite, vistoso pero sin nervio. ¡Si al menos se hubiera traído a Mike Stern!

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