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Naufragar en la abundancia

Este año habrán transcurrido cincuenta desde que se publicase La Sociedad Opulenta de John Kenneth Galbraith, uno de los economistas contemporáneos más reconocidos e influyentes, a pesar de no haber recibido el Nobel porque, en palabras de alguien que sí fue premiado...

el 14 sep 2009 / 23:56 h.

Este año habrán transcurrido cincuenta desde que se publicase La Sociedad Opulenta de John Kenneth Galbraith, uno de los economistas contemporáneos más reconocidos e influyentes, a pesar de no haber recibido el Nobel porque, en palabras de alguien que sí fue premiado por el Sveriges Riksbank de Suecia, no era en realidad un economista profesional, sino más bien una especie de filósofo social o algo así. Este tipo de comentario, habitual en determinados ambientes, desprecia la economía de rostro humano y prefiere perderse en el universo abstracto de los valores monetarios. En aquel trabajo de 1958, el que fuese profesor en Harvard y presidente de la American Economic Association, se preguntaba ¿por qué la gente es pobre en un país, EEUU, que nada en la abundancia? Han transcurrido desde entonces unos cuantos años y aún seguimos haciéndonos la misma pregunta: ¿por qué en el mundo rico sigue viviendo tanta gente en la pobreza?

De acuerdo con la información manejada por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales y la suministrada por el Informe Foessa, existen, en la actualidad en España, más de ocho millones de pobres, cerca del 20% de la población. De ellos, un 74% están en situación de pobreza relativa, un 20% en pobreza grave y el 6% restante en pobreza extrema. La pobreza se ceba especialmente con la gente más joven. Los menores de 25 años representan el 44,1% de los pobres totales y el 65% de quienes se encuentran en pobreza extrema. En su gran mayoría no han tenido siquiera la oportunidad de acceder al primer empleo, principal mecanismo de integración social. Esto nos lleva a pensar que cada vez resulta más difícil sostener la idea de que sólo se puede participar en los bienes y valores de la vida si tenemos la fortuna de acceder al mercado laboral.

La realidad, que es tozuda, nos sitúa, una y otra vez, ante ella misma. Como afirma Claus Offe, la población realmente implicada en la creación de valor económico seguirá disminuyendo. Ante esto, lo único que parece sensato, para afrontar la desintegración social, la precariedad o la exclusión, es avanzar hacia el establecimiento de un Ingreso Básico como derecho económico de ciudadanía, en contraste con el ingreso como resultado de una retribución por estar empleado. Se trata de un derecho básico, como el derecho a la sanidad universal y gratuita. El derecho a un ingreso suficiente y no condicionado por un empleo remunerado. Esto tal vez podría evitar que los jóvenes terminen como el protagonista del relato de Gabriel García Márquez. Aquél que pasó diez días en una balsa a la deriva tras un naufragio. Que fue tratado como un héroe por soportar el hambre y la sed, cosa inevitable. Y después olvidado. Hoy son ya demasiados los náufragos perdidos en el inmenso mar de los beneficios empresariales. Es una inmoralidad, y una muestra de indolente cinismo, que sigamos hablando sin pudor de estas enormes cifras y consintiendo que la quinta parte de la población se encuentre bajo el umbral de la pobreza. Qué hacer con el náufrago, qué hacer con el héroe.

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