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Nazarenos

No sólo conservo intacta la ilusión por vestir mi túnica, sino que compruebo cómo ésta se acrecienta cada año. Me sigo poniendo nervioso cuando se baja del altillo y se extiende sobre el sillón.

el 15 sep 2009 / 00:24 h.

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No sólo conservo intacta la ilusión por vestir mi túnica, sino que compruebo cómo ésta se acrecienta cada año. Me sigo poniendo nervioso cuando se baja del altillo y se extiende sobre el sillón. La miro y remiro como si no pudiera creérmelo y ésa es la única noticia que de veras me interesa en estos días, más que por su novedad por el sentimiento de gratitud que me provoca. Gracias a Dios porque la vida continúa. Gracias a cuantos a través de los siglos han hecho posible esto que, para mí, sigue siendo un milagro, tan inexplicable como todos. Gracias a mi familia y a mis amigos, que me han hecho feliz. Gracias también a los que no me quieren, y además se les nota, porque impiden que me relaje. Y gracias, sobre todo, porque junto a la mía ya hay otras dos túnicas de tallas diversas, que me dicen que mis esfuerzos en la vida no han sido inútiles.

Me siento orgulloso de muy pocas cosas y, supongo, que, además casi todas serán inconsistentes. Pero, por encima de todo, me precio de ser nazareno de Sevilla. Para colmo, ese título, en mi caso, tampoco se lo debo a ninguna iniciativa personal. Fue mi madre, quien todavía me viste en la tarde del Viernes Santo, la que decidió que yo fuera nazareno del Cachorro, ese Cristo que hay que poner tendido para que mire a los ojos de sus hermanos y pueda reconocernos cuando lleguemos a las puertas de la Gloria y, algunos, sólo podamos presentar como aval el haberlo acompañado por las calles de su barrio con sol o con agua.

Si la salud lo permite, no renunciemos -por comodidades o enfrentamientos- a ese encuentro con la túnica. Basta tocarla para que se despierte lo mejor de nosotros mismos. No sea que el de arriba nos pida después explicaciones, y nos falten hechos? y palabras.

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