Cofradías

Ni con la venia pudo ser

El paso se quedó a las puertas, llegó hasta la Campana. Duró en la calle menos que la salida. Los habituales “sube al niño”, “baja al niño” o “pierde al niño” no faltaron en El Salvador.

el 24 mar 2013 / 23:44 h.

La Borriquita saliendo del Salvador. La Borriquita saliendo del Salvador. Con la miel en los labios y las túnicas chorreando. Así se quedaron los cientos de niños que ayer procesionaron con La Borriquita hasta que el aguacero de las cuatro y media frustró un Domingo de Ramos –otro más– que prometía recuperar el brillo de años anteriores. La decisión de sacar el Señor de la Sagrada Entrada se hizo esperar. Hasta pasadas las dos de la tarde la hermandad no resolvió mantener su hora de salida (15.10 horas) ante los complicados pronósticos, que aventuraban lo que finalmente ocurrió. Mucho se pensaron si repetir la fórmula del año pasado y de 2000, cuando debido a la lluvia retrasaron esta primera parte de la cofradía para sacarla de manera conjunta con los pasos del Cristo del Amor y la Virgen delSocorro. Pero no. Pudieron más la osadía y las ganas de sacudir las palmas a la luz del sol que el miedo a un aguacero, que acabó empapando el paso cuando no llevaba ni una hora en la calle, obligándole a regresar a su templo. Antes de la tormenta, se acarició el sueño de abrir la Carrera Oficial de la Semana Santa de 2013. En la Campana, Luis Mora-Figueroa, el niño de 13 años hijo del teniente de hermano mayor, llegó a pedir la venia al Consejo de Cofradías y Hermandades justo antes de que el traicionero cielo se desplomara sobre la ciudad. Y a todo esto, súmenle un plus de dificultad, el de controlar a los cientos de niños en medio de la repentina recogida. Afortunadamente el agua sí respetó la salida. Por cierto, que contemplarla ayer en la Parroquia delDivino Salvador se convirtió en toda una gesta, una proeza reservada a los más niños, entusiasmados con el hecho de reencontrarse año tras año con el entrañable asno, y a aquellos aguerridos padres dispuestos a satisfacer a sus hijos. Para el resto de los mortales, esta interminable salida sólo pudo sobrellevarse con un ejercicio de paciencia. Sobre todo para aquellos que no soportan la atronadora compañía de los más pequeños o aguantar a pie quieto durante 45 minutos a que desfilen 950 nazarenos. Los niños de La Borriquita. Los niños de La Borriquita. Todo esto aderezado de las tradicionales e inolvidables frases de cada Domingo de Ramos en el Salvador: “Sube al niño, que no ve”, “baja al niño, que se va a caer”, “niño, cállate”, “niño, ¿dónde están tus padres?” o “niño, vete con la borriquita por ahí a dar un paseo”. Tampoco faltó el típico enterado, que iba retransmitiendo en voz alta lo que todos los que teníamos ojos podíamos ver. La crónica, segundo a segundo, iba aportando interesantes datos, mientras el improvisado reportero masticaba y escupía pipas sin descanso: “Ya va a salir”, “ya se ve por la puerta”, “ya han llegado los músicos”. Algo así como el Twitter, pero menos silencioso. El sol, que salió para recibir a La Borriquita, también contribuyó. Picaba. Imposible desenchaquetarse.El centímetro cuadrado de suelo se cotizaba alto. Ni siquiera se podía amenizar la espera acercándose a una de las bodegas de la plaza. La dictadura de la bulla sevillana impuso sus reglas. Dejar el sitio suponía entregar el terreno. Y mientras, nazarenos y más nazarenos bajando la rampa. Niños y más niños. “Aquí lo que pasa es que los que van saliendo vuelven a entrar por una puerta de atrás, para que parezca que son más”. La guasa al menos acompañaba. De repente, después de tres cuartos de hora, algo se mueve dentro del templo. Sale el paso. Palmas en alto y un sonoroe inocente “ahí estᔠda paso a un cerrado aplauso y al inicio de las marchas. Móviles arriba. Al fin está en la calle, aunque duró allí menos que la espera. EL DETALLE. El interior del templo del Divino Salvador se impregnó ayer, mientras formaban los tramos de nazarenos, de un intenso aroma a jacintos. Y es que por segundo año, Javier Grado ha escogido para el exorno floral esta aromática planta, que junto al incienso inundaron la iglesia antes de la apertura de las puertas al exterior, donde ya se confundió con el azahar.

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