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Ni Jiménez ni Álvarez ni Manzano

el 03 dic 2010 / 21:16 h.

Ni Jiménez. Aunque es cierto que su llegada tras la espantá de Ramos fue lo más coherente, bajo su mando el Sevilla inició su cuesta abajo, con una propuesta futbolística rácana y conservadora. A pesar de dejar al equipo 3º –más bien por la inercia de los grandes jugadores que aún quedaban–, la alegría brillaba por su ausencia. Del Nido lo renovó, amparándose en los resultados. Su segunda temporada empezó a escenificar la descomposición del equipo, y la diáspora de jugadores ya empezaba a ser un hecho: los que, con tanto acierto, habían construido, quizás, la mejor plantilla de la historia, empezaban a facilitar la salida de los jugadores de nivel, y a reemplazarlos por otros muy inferiores. Tras empatar contra el Jerez, con el consiguiente ambiente irrespirable, su traumática salida pareció incuestionable.

Ni Álvarez. Con él, continuó la descomposición del equipo, y no fue capaz ni de implantar su idea futbolística ni de hacerse con una plantilla cada vez más errática –porque los gurús seguían empobreciéndola–. Y Del Nido lo renovó, amparándose en los resultados. Tras dilapidarse dos meses, y acrecentarse, si cabe, la descomposición del equipo, su cese era inevitable. Y la plantilla seguía empeorando, amén de verse afectada, como ya empezaba a ser normal, por una plaga de lesiones tan extensas como inexplicables.

Ni Manzano. Que parecía, por experimentado, el parche ideal para aquietar y ¿estructurar? una plantilla, un equipo, ya claramente menor y descompuesto. Salvo algún chispazo inicial ante Athletic y Atlético, y a pesar de los resultados –unos ante rivales de chiste y otros gracias a una increíble suerte–, el equipo sigue ofreciendo una imagen y, sobre todo, una actitud infame. Así que, Sr. Del Nido y Sr. Rodríguez Verdejo, si está claro que la culpa –al menos para el resto– no es del entrenador, ni de los árbitros, ni del césped, ni de… sólo nos quedan los jugadores y, consecuente y alevosamente, los que vendieron a los buenos y ficharon a los mediocres. Y es que, por mucho que se empeñen en defender lo indefendible, la plantilla actual del Sevilla –su juego, su actitud y su fútbol–, salvo honrosas excepciones, no hace más que avergonzar a sus seguidores. Es hora –lo era hace mucho– de regenerar al equipo. De arrancar los hierbajos, dejar la tierra en barbecho un tiempo y, una vez recuperada, plantar brotes jóvenes y fuertes.

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