Local

Ni libertad ni expresión: puro negocio

El caso de Telma Ortiz y de su pareja Enrique Martín-Llop es la gota que colma todos los vasos de la bazofia en que unos espabilados han querido convertir este antiguo y noble oficio de informar. Ya lo he dicho en otras ocasiones...

el 15 sep 2009 / 04:44 h.

El caso de Telma Ortiz y de su pareja Enrique Martín-Llop es la gota que colma todos los vasos de la bazofia en que unos espabilados han querido convertir este antiguo y noble oficio de informar. Ya lo he dicho en otras ocasiones: yo no soy periodista si como tal se define a esa caterva de salteadores que rebusca en lo peor de la condición humana para extender su audiencia e incrementar sus beneficios.

Telma: estamos contigo. Estamos contigo, estimada y pacientísima Telma Ortiz Rocasolano, todos aquellos periodistas que creemos en la dignidad de nuestra profesión y que bajo ningún concepto podemos aceptar que con la coartada de la libertad de expresión se allane la intimidad de la gente.

He aquí la trampa, por demás burda: so capa de la libertad de expresión, sacrosanta para cualquier ciudadano y ni que decir para todo periodista, estos mercachifles del negocio del corazón esgrimen el derecho constitucional como patente de corso para invadir vidas y haciendas ajenas sin que ninguna autoridad superior pueda poner límites a sus hazañas. El principio constitucional queda así envilecido, pues parece claro que el legislador nunca quiso dar amparo a los excesos de esta miserable tropa sino amparar el derecho individual y colectivo del individuo y de la sociedad a manifestarse sin cortapisas en el ejercicio de la libertad y de los principios que rigen la convivencia democrática.

Telma y Enrique deben gozar de las máximas garantías que protejan su privacidad como ciudadanos de a pie. No son objeto noticioso per sé ni tienen por qué padecer las consecuencias del acoso permanente a costa de una notoriedad sobrevenida, en ningún caso buscada por la pareja. Se ha llegado a tales extremos en el tráfico de exclusivas que se diría que hay paparachis dispuestos a todo -entiéndase: a todo- por obtener imágenes tan cotidianas como Telma saliendo de casa, Telma subiendo a su coche, Telma en El Corte Inglés o Telma paseando por el parque. ¿Qué interés objetivo tiene para el lector cada una de esas secuencias de la vida ordinaria de una persona que abomina de la celebridad no deseada?

Nuestra consolidada, asentada, indiscutida democracia tiene que abordar la regulación del derecho a la intimidad y el establecimiento de sus límites sin que se nos pueda acusar a quienes esto defendemos de atentar contra la libertad de expresión. Porque una cosa es el principio constitucional sin el cual no hay sistema democrático y otra bien distinta su conculcación en aras del inmenso negocio en que teletomate y demás compañeras audiovisuales han convertido la en otro tiempo denominada crónica de sociedad. Somos cada vez más los periodistas que estamos frontalmente en contra de esas prácticas depravadas del subgénero informativo que persigue el puro y duro negocio, a tanto la pieza cobrada, sin más historias. Ni libertad ni expresión, se trata nada más que de hacer caja. ¿Para cuando el organismo regulador del Estado con autoridad bastante para que casos como el de Telma y Enrique no tengan por qué llegar a los tribunales?

Periodista

gimenezaleman@gmail.com

  • 1